La acogida que obtuvo esta entrega de Tekken tras su llegada a las máquinas recreativas no fue buena, pero, afortunadamente, Namco reaccionó a tiempo y pulió su jugabilidad en un remake conocido como Bloodline Rebellion. Esta versión para las consolas domésticas está inspirada en esta expansión, por lo que no defraudará a ninguno de sus seguidores.
Su acabado gráfico es muy bueno, tanto que es fácil quedarse embobado admirando las texturas de la ropa de los luchadores o los llamativos escenarios (la recreación del agua en algunos de ellos es fabulosa) mientras nuestro rival nos propina una soberana paliza. Los efectos sonoros son contundentes, y la música, pegadiza.
Pero las grandes bazas de este título son su sistema de lucha y los abundantes modos de juego. El primero resulta muy asequible para los primerizos, pero recompensa las horas de práctica gracias a una profundidad mayor que en otras entregas de la saga. Y las modalidades de juego satisfarán a los más exigentes: arcade, por equipos, contrarreloj, campaña, etc. No es el juego de lucha definitivo (los tiempos de carga son excesivos), pero nos encanta.