Apegos y despedidas

Soy de esas personas que no saben deshacerse de un par de zapatos viejos, por muy gastados que estén. Cuanto más viejos, más cómodos, y lo familiar es agradable por conocido

Javier Candeira

10 marzo 2011

Soy de esas personas que no saben deshacerse de un par de zapatos viejos, por muy gastados que estén. Cuanto más viejos, más cómodos, y lo familiar es agradable por conocido. Pero, sobre todo, me siguen protegiendo los pies, abrigándome los días de frío, así que los sigo usando. Lo mismo me pasa con los cacharros electrónicos: mientras sigan funcionando, no los cambio.

Me vine a Australia arrastrando mi viejo ordenador, una criatura de Frankenstein que comencé a construir en 1997. En 1997 me regalaron un procesador Pentium OverDrive (un engendro MMX para aplicarle a placas Pentium antiguas con el bus más lento), y monté una máquina con materiales donados por amigos; solo me compré nuevo el monitor.

Botas chip

Más tarde amplié la carcasa para ponerle más discos, y luego le puse una placa y procesador Pentium II nuevo, e incluso un grabador de CDs de los primeros que funcionaban con interfaz IDE. Se sucedieron una serie de cambios de tarjetas gráficas gracias a donaciones de amigos; otro cambio de placa debido a una explosión de condensador me condujo al fabuloso mundo de los Athlon de 1 GHz, y le añadí un DVD grabador.

Como en el viejo acertijo filosófico que me pregunta si un cuchillo al que se le ha reemplazado primero la hoja y luego el mango sigue siendo el mismo cuchillo, este ordenador ya no tiene ninguna pieza original. Sin embargo, para mí es el mismo ordenador; igual que para mi familia yo sigo siendo el mismo Javier, pese a que mis átomos hayan sido remplazados varias veces a lo largo de mi vida.

Sin embargo, las razones para no tirarlo no son sentimentales. Simplemente, no lo tiro porque sigue funcionando. Lo mismo me pasa con los teléfonos móviles. Codicio los iPhones y Androids de mis amigos y conocidos, pero no puedo justificar el deshacerme de mi viejo Palm Treo, por la sola razón de que todavía funciona. A mi portátil, un Toshiba Portégé M200 de 2005, le he cambiado ya tres discos duros, dos teclados y dos baterías... Puede que algún día me cambie a un ThinkPad con más potencia, pero espero que sea dentro de mucho tiempo.

Me pasa hasta con el software: solo actualizo los sistemas operativos o los navegadores cuando necesito algo que les falta. Como dice el refrán de los ingenieros, «si no está estropeado, no lo arregles». A los principios de la sostenibilidad, reducir, reutilizar y reciclar, me gusta añadir un cuarto: reparar. Si algo está estropeado, se puede arreglar. Solo se deshace uno de lo que no se puede arreglar, o de lo que uno ya no usa por otras razones.

Las cosas, sin embargo, duran lo que duran, los recursos son limitados, y las necesidades cambian. Hay momentos en que, aunque algo sea reparable, no tiene sentido mantenerlo. Llevo un año sin encender mi viejo ordenador, y el espacio que ocupa me vendría bien para poner la cesta del perro, o tan solo para poder pasar el aspirador con facilidad. El móvil me durará hasta fin de año... si llega; y es que cada vez siento más la necesidad de tener acceso al correo o a la Web cuando estoy lejos de mi escritorio (y con una niña pequeña, cada vez más tengo la necesidad de estar fuera de casa).

Esta es mi última colaboración para PC Actual. Tanto la revista como yo hemos compartido muchos cambios: de director, de domicilio, de país... Echaré de menos las sesiones de edición con la Redactora Jefe, Celia Almorox, y también los comentarios de los lectores que se molestaban en escribirme. La revista seguirá perfectamente sin mí, no seré tan presuntuoso de pensar que soy imprescindible. Pero me gustaría pensar que sus lectores me echarán de menos igual que yo echaré de menos los contactos humanos que provocaba esta columna. Quienes me echen de menos pueden seguirme a través de mi weblog (http://hiperactivo.com) o de barrapunto (http://barrapunto.com). Hasta siempre.

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