Aplicaciones: echemos la vista atrás

La época en la que para dotar a nuestro PC del software necesario para sacarle partido debíamos afrontar un gasto considerable se ha extinguido

Aplicaciones: echemos la vista atrás

12 julio 2009

Remontémonos a mediados de la década de los 90, antes del lanzamiento de Windows 95 y del advenimiento de Internet tal y como los usuarios domésticos la conocemos hoy en día. En esa época reinaban los PCs equipados con microprocesadores 80486 de Intel, y solo los entusiastas más afortunados tenían un equipo gobernado por la que entonces era la joya de la firma de Santa Clara: un microprocesador Pentium.

Internet ya existía en esa época. De hecho, realmente es una infraestructura compleja constituida por una ingente cantidad de redes de comunicación interconectadas y descentralizadas sobre las que se «acomodan» servicios, y no estos últimos en sí mismos (la confusión entre la Red y los servicios que se implementan sobre ella es muy frecuente).

Su origen se remonta a 1969, año en que surgió ARPANET (Advanced Research Projects Agency Network), la auténtica precursora de Internet. Esta red fue creada por cuatro universidades estadounidenses por encargo del Departamento de Defensa de los Estados Unidos. Existe un mito que defiende que su función original era proporcionar un medio de comunicación seguro capaz de salir indemne de un ataque nuclear.

Sin duda, una explicación exótica que resulta plausible en el contexto de la Guerra Fría, pero que no responde de forma estricta a la realidad. Su función inicial era materializar una red de conmutación que permitiese establecer comunicaciones de voz seguras en el ámbito militar, superando la escasa fiabilidad de los nodos de conmutación de la red telefónica de la época. Por supuesto, si se produjese un ataque nuclear sobre Estados Unidos sería de gran ayuda contar con un ingenio como ése.

Curiosamente, a finales de los 60 y de forma paralela, varias universidades estadounidenses habían comenzado a esbozar una infraestructura de comunicaciones por conmutación de paquetes (el término «paquete», precisamente, nació como resultado de estos estudios) que les permitiese interconectar los ordenadores que los investigadores de estos centros utilizaban en aquella época.

Empleándola, los científicos podrían compartir información y colaborar de una forma mucho más eficaz. Ciencia y nada más que ciencia. Pero el respaldo económico del Departamento de Defensa podía representar el espaldarazo definitivo al proyecto. Y así fue. Internet acababa de nacer. O, al menos, su predecesora.

Una fuente de recursos realmente inagotable

El origen estadounidense de la infraestructura que ha hecho posible la Red es evidente. Sin embargo, el servicio más exitoso de cuantos cohabitan sobre ella, conocido como World Wide Web (WWW), es europeo. Sus creadores fueron Tim Berners-Lee y Robert Cailliau, físico inglés el primero, ingeniero mecánico y electrónico belga el segundo.

A finales de los 80 ambos trabajaban en el CERN (la Organización Europea para la Investigación Nuclear), y en 1989 comenzaron a esbozar un sistema de documentos que utilizaba una idea totalmente innovadora, los enlaces de hipertexto, para relacionar, organizar y facilitar la navegación a través de la ingente cantidad de información a la que se podía acceder a través de Internet.

A partir de ese momento, Tim y su grupo de trabajo pusieron a punto el lenguaje HTML, el protocolo HTTP y la tecnología de localización de recursos URL. Casi nada. En ese momento empezó a fraguarse la Red tal y como la conocemos hoy en día, y, sobre todo, la idea de un servicio de proporciones colosales fácil de utilizar y, por lo tanto, capaz de «escapar» de los ámbitos académico y empresarial y, así, conquistar el entorno doméstico.

Internet ha realizado numerosas contribuciones capaces de transformar nuestro modo de vida. Ha incrementado drásticamente nuestras posibilidades de comunicación, pone a disposición del gran público información de otra forma prácticamente inaccesible, ofrece innumerables oportunidades de negocio y ocio... Pero, sin duda, una de las más importantes es que se ha erguido como una fuente de recursos software gratuitos prácticamente inagotable.

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