Reportaje

¿Nos atonta el uso de la Red y la tecnología?

En los últimos meses han salido al mercado varios libros que advierten de los efectos perversos de la tecnología en nuestra forma de pensar y actuar

Juan Ignacio Cabrera

Apertura cerebro

16 marzo 2012

Aunque los móviles, tablets y ordenadores se han convertido en objeto de deseo, en los últimos meses han salido al mercado varios libros que advierten de los efectos perversos de la tecnología en nuestra forma de pensar y actuar.

El 99,9% de las páginas de esta revista están dedicadas a hablar de las novedades tecnológicas que cada día salen al mercado y cómo están cambiando nuestra vida. Que si nos permiten comunicar más rápido y en más sitios, que si procesan más información en menos tiempo, que si emiten imágenes más nítidas y brillantes… Como mucho llegamos a cuestionar un nuevo artilugio diciendo que nos cansa la vista o que nos obliga a forzar la postura del cuello o de la muñeca, o que podría mejor este o aquel aspecto. La tecnología, sin lugar a dudas, es una bendición y PC Actual se afana siempre por predicar sobre sus capacidades.

Sin embargo, en las páginas de este reportaje vamos a hacer un corto paréntesis y vamos a centrarnos en algunas contraindicaciones que trae el uso intensivo de Internet o de los distintos dispositivos.

El debate no es nuevo. El origen del mismo, por lo menos en su vertiente más popular, se atribuye al periodista y divulgador Nicholas Carr, con motivo de la publicación, en 2008, de su artículo Is Google making us stupid? (¿Google nos vuelve estúpidos?) en la prestigiosa revista estadounidense The Atlantic. En un breve escrito, Carr se quejaba, en primera persona, de que Internet le estaba robando la capacidad para concentrarse y profundizar en un tema. El autor reconocía cómo cada vez le costaba más concentrarse en la lectura de un libro a causa de las dinámicas que impone la Red. Carr citaba al bloguero Bruce Friedman, que reconocía que Internet había alterado hasta tal punto sus hábitos mentales que ya no se planteaba leer libros como Guerra y paz, de Tolstoi, y que incluso un post de más de 4 o 5 párrafos se le hacía una tortura.

Por supuesto, el culpable del desaguisado era, para Carr, Google, que fomenta el picoteo perpetuo en múltiples páginas con el fin de saber cada vez más sobre nuestras preferencias y vincularlas a la publicidad con la que se gana la vida.

Estas ideas iniciales de Carr fueron tomando cuerpo y se convirtieron con el paso del tiempo en la base de su libro Superficiales (Editorial Taurus), un trabajo que ha tenido cierta repercusión y que apareció en España la pasada primavera. En él, el autor indaga en los cambios mentales que está dejando la tecnología en los jóvenes e intenta respaldarlos con las investigaciones científicas disponibles. Carr reconoce que Internet ha puesto en nuestras manos un caudal de información y de datos desconocido.

Adicción a la tecnología

Hay estudios que dicen que hoy consumimos el triple de información que en 1960. Carr también reconoce que somos capaces de «peinar» este océano de datos con cierta soltura y al mismo tiempo hacer otras cosas. En fin, que nos hemos hecho unos magos de la multitarea. Somos capaces de «leer» una página de Internet casi de un vistazo, al tiempo que atendemos las alarmas y las actualizaciones del correo electrónico, las redes sociales o la mensajería instantánea, o incluso respondemos al móvil o al WhatsApp.

En cualquier caso, Carr no es un ultraconservador enrocado en aquello de que «todo tiempo pasado siempre fue mejor», y admite incluso los beneficios que para su labor de investigador tiene Internet. Sin embargo, nos advierte: la Web está cambiando nuestras capacidades cognitivas y erosionando las funciones cerebrales más elevadas, como el pensamiento profundo, la capacidad de abstracción o la memoria a largo plazo, que son fruto de la concentración. Incluso las emociones y la capacidad para empatizar con los demás exigen tiempo para ser procesadas. Si no invertimos ese tiempo, advierte Carr con frecuencia, nos deshumanizamos.

Él está convencido de que Internet establece nuevas conexiones en el cerebro, pero también debilita otras que acabamos por abandonar. La necesidad de estar permanentemente conectado, por ejemplo, está vinculada a la liberación de dopamina. Se trata de un componente químico que produce placer y que está presente en otras adicciones y que segregamos cuando recibimos un mensaje o una información. Algunos estudios científicos han llegado a la conclusión de que el cerebro de un internauta no da importancia a los conocimientos que recibe, sino a la manera de volver a obtenerlos. Es lo que se conoce como el «efecto Google». No es tan vital el dato, que siempre va a estar ahí, sino el modo de llegar a él por el motor de búsqueda.

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