Buscadores del mundo real

Olvidados ya casi los pasados días de vacaciones, rematamos la recopilación de tribunas escritas por Javier Candeira y publicadas en PC Actual en su Lógica Discreta hasta la fecha

Buscadores del mundo real

11 octubre 2008

LÓGICA DISCRETA (#210, SEP2008)

Los estudiosos bíblicos tienen un instrumento para la lectura del Libro Sagrado llamado Concordancias. Son índices exhaustivos de todos los términos que aparecen en un texto, de modo que se puedan encontrar, a modo de buscador de una proto-Internet de pergamino y cálamo de ave, cualquier página en la que aparece una palabra dada. En el mundo Google, todo texto tiene su concordancia.

 

La principal lección que los archivistas y bibliotecarios han recibido del avance de la Web es que el mapa no es el territorio y que, por buenos que sean los índices y tablas, siempre es mejor el texto completo. Y es que, en la memoria de un ordenador, todo texto es su propia concordancia, a disposición de quien lo quiera escudriñar con un solo «Control+F».

 

Los “maqueros” usarán «cmd-F» y los unixeros «Grez», pero todos tienen algo en común: todos están leyendo el texto a alta velocidad, y para los usuarios el efecto es el mismo que el de buscar en un índice que no han tenido que confeccionar con antelación.

 

Ignoro si hay quien todavía usa los directorios como el que Yahoo! empezó siendo, pero sé que cada vez son más inútiles, por la pura ley de los números. Cada día se publica más información en la Red de la que se clasifica, y los índices están cada vez más atrasados. Simplemente, no hay bastante gente para clasificar todo lo que se publica.

 

Existe una única excepción a esta regla, las folksonomías o taxonomías ad-hoc, esas clasificaciones a base de tags o etiquetas en las que los propios usuarios van catalogando los hallazgos de su interés. Aunque de andar por casa, funcionan especialmente en el caso de contenidos no textuales, como las fotos de Flickr, pero también para recursos textuales donde el valor que nos da la clasificación no es el contenido de las páginas, sino el hecho de que a otras personas también les haya gustado, como los marcadores de Del.icio.us.

 

Esta excepción no sólo es cualitativa, sino también cuantitativa: los clasificadores de Flickr o Del.icio.us tienen los incentivos correctos para catalogar aquello que quieren volver a encontrar (sus fotos o las de otros, las direcciones de sus páginas web de interés), con lo que el número de etiquetas que se añadan a esos servicios irá creciendo paulatinamente.

 

En lo demás, ¿para qué catalogar? Yo mismo lo hago cada vez menos. Mi correo, tanto en Google Mail como en Thunderbird, está apenas categorizado en cuatro o cinco carpetas, en las que prefiero buscar por el remitente o el asunto cuando necesito algo. A la larga, paso más tiempo escribiendo y leyendo que buscando, así que el tiempo que me ahorro en clasificar lo puedo usar en escribir y leer. Incluso el sistema operativo de mi teléfono ya no me exige que introduzca las primeras letras de un contacto, sino que puedo buscar por una palabra parcial o por un apellido.

 

Google Book Search y Amazon Look Inside the Book también me permiten buscar dentro de muchos libros de mi estantería mejor que sus necesariamente limitados índices analíticos. Y cuando quiero recordar dónde está un artículo que he leído en una revista, recurro a la Web, que a partir de una frase medio recordada me puede remitir a la edición donde se publicó, y mostrarme no sólo la fecha, sino la portada, para que me sea más fácil encontrarlo.

 

Según vamos digitalizando el mundo, cada vez será más fácil fabricar buscadores de lo físico y tangible. Los libros y revistas son sólo el primer paso.