Reportaje

Ciudades inteligentes: ahorro y calidad de vida

Si se pudiera acceder a la información digital que generan las ciudades, se podría acabar con la polución, el despilfarro o la falta de aparcamiento

6 marzo 2012

Hoy no se conoce ni el 5% de la información digital que una ciudad y sus ciudadanos generan. Si los ayuntamientos y gestores pudieran acceder al 95% restante, probablemente los atascos, la falta de aparcamiento, las colas ante el funcionario, el despilfarro de energía o la polución dejarían de ser problemas.

A nadie se le escapa que las ciudades se han convertido en una tortura. Las aglomeraciones, los atascos, las largas colas ante las ventanillas de las distintas administraciones, las dificultades para aparcar, el aire viciado por el humo de los coches o de las calefacciones, el excesivo ruido ambiente… Son muchas las pegas que se le pueden encontrar a vivir en las grandes ciudades. Además, no parece que para resolverlo vaya a haber una huída al campo. No está ocurriendo en los países avanzados, donde son minoría los románticos que vuelven a los pueblos, y, desde luego, no va pasar en los países emergentes, donde las urbes, a pesar de todo, siguen siendo sinónimo de una vida mejor y más confortable.

Centro de pantallas

Los centros de pantallas para el seguimiento del tráfico en la ciudad, que trabajan con la información de las cámaras que ponen los ayuntamientos, solo son un primer paso para conseguir la movilidad inteligente.

Aunque las ciudades tienen muchos inconvenientes, todavía son el lugar que mejor colma económica y socialmente a los seres humanos. Por eso, más de la mitad de la humanidad (unos 3.500 millones de personas) vive hoy en un palmo de terreno que no va más allá del 1,5% del territorio del planeta. Además, Naciones Unidas prevé que en 2050 sea el 70% de la población la que haga vida en las urbes. Esa concentración da lugar a desequilibrios preocupantes porque las ciudades consumen hoy más de dos tercios de la energía mundial y generan el 80% de los gases de efecto invernadero. IBM calcula que el precio de los atascos en las grandes urbes equivale a entre un 1 y un 3% del PIB. En el caso de España hablaríamos de una cifra anual entre 10.000 y 30.000 millones de euros. Otro dato: las fugas de la red de aguas suele representar el 60% del suministro.

Puestas así las cosas, la cuestión que se plantean políticos, ingenieros, arquitectos y gestores en general de lo público es: ¿Cómo hacemos más «vivibles», eficientes y sostenibles los entornos urbanos? Sin duda, eso pasa por actuar con sensatez y también por gestionarlos mejor, y eso se consigue dotándolos de inteligencia.

Pero no todas las ciudades son iguales. Como dice Fernando Tomás, ingeniero de la empresa Idom, que está especializada en proyectos de smart city, hay que tener en cuenta que los problemas de las comunidades varían mucho de una parte del mundo a otra. «Mientras que en Europa el reto es mantener la competitividad y pujanza de las viejas ciudades, luchando contra el envejecimiento y el éxodo de la población a la periferia; en los países emergentes, la sostenibilidad y la seguridad son mucho más importantes, porque son urbes que crecen de forma explosiva».

Una vida mejor

¿Qué es exactamente una ciudad inteligente o smart city? El concepto apareció hace un par de décadas, pero es en los últimos años cuando empieza a despertar el interés de mucha gente más allá del ámbito científico y académico donde germinó. Fabricantes de tecnología, operadoras de telecomunicaciones, empresas de servicios de luz, agua o basura, o incluso bancos y redes sociales, están interesadas en este asunto porque creen que pueden hacer negocio, aunque todavía no saben muy bien cómo.

LIVE Singapur

Analizando las llamadas y mensajes de móvil, las autoridades de Singapur pueden ver dónde están los puntos calientes de la ciudad en cada momento con un mapa como éste.

Una ciudad inteligente se puede definir como aquella que utiliza la información y los datos disponibles de su ayuntamiento, instituciones y empresas para mejorar la vida de los ciudadanos en ámbitos como la movilidad, la energía, los trámites con la Administración o los servicios de ocio y las transacciones financieras, entre otros. «La idea consiste en crear una plataforma homogénea capaz de unificar procesos, reducir costes y optimizar el consumo energético, y la clave para lograrla está en Internet y las redes IP», asegura María José Sobrini, directora de consultoría en Cisco, una compañía que tiene mucho que decir en el mundo de los edificios inteligentes. Por su parte, Elena Alfaro, experta en la materia y que trabaja en el Centro de Innovación y Tecnología del BBVA en Madrid, matiza y prefiere hablar de «ciudades conectadas o del futuro». «Lo contrario de una ciudad inteligente es una ‘ciudad tonta’, cosa que, hasta donde yo sé, no existe».

Sea cual sea la definición que escojamos, lo que está claro es que las nuevas tecnologías aplicadas a la gestión de una ciudad deben ayudar a los gestores a leer los datos en tiempo real (al cabo de unas horas o unos días esa información pierde todo su valor) para saber qué acciones tomar, y a los usuarios a acceder, vía Internet, a servicios que les hagan la vida más fácil.

La tecnología más palpable en los proyectos de ciudad del futuro son los sensores de todo tipo que miden aspectos como el tráfico, la climatología, la humedad de la tierra, el nivel de luz, la presencia de personas, el volumen de basura o residuos en los contenedores… Los datos que sobre la marcha aportan estos sensores inalámbricos pueden, como explica Irene Compte, directa adjunta de Urbiótica, una firma especializada en la implantación de esta tecnología, ayudar a saber a los conductores cuántas plazas de aparcamiento hay disponibles y dónde están, evitando que den vueltas y pierdan el tiempo buscándolas.

También pueden ayudar a saber al ayuntamiento de turno cuándo se debe vaciar una papelera o un contenedor de reciclaje de papel, o cuándo hay que regar un parque, lo que evita desplazamientos innecesarios, por un lado, y pérdidas de agua, por otro. Los sensores pueden ser la base de un despliegue de ciudad inteligente, pero hay más. Sobre ellos hay que desplegar líneas de comunicación (WiFi, cable, fibra óptica o 3G) para dar con la información; y, más arriba, sistemas de computación y programas que trabajen los millones de datos disponibles y los vuelquen sobre mapas, gracias a tecnologías de geolocalización, para que así puedan aportar conclusiones y ayuden a decidir al responsable que los tiene delante, que podrá crear incluso simulaciones.

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