El eBook alza la voz

Una vez que ya casi hemos olvidado los pasados días de vacaciones, vamos a rematar la recopilación de tribunas escritas por Javier Candiera y publicadas en nuestra revista PC Actual en su Lógica Discreta hasta la fecha

El eBook alza la voz

25 agosto 2009

LÓGICA DISCRETA (#216, MAR2009)

El Gremio de Autores Norteamericano, una asociación que representa a 8.000 autores publicados, ha puesto el grito en el cielo contra el nuevo Kindle, el libro electrónico de Amazon. Jeff Bezos, CEO de la firma, lo describe como «la biblioteca universal en tu bolsillo», y afirma que, gracias a su servicio de venta de libros por acceso inalámbrico, el objetivo es hacer que «cualquier libro del mundo esté accesible al lector en menos de 60 segundos».

No es esto lo que molesta a la asociación colegial de escritores. La queja viene provocada por la capacidad de lectura automática del dispositivo. Pulsando un botón, el libro se leerá en voz alta. Esta función es una gran ayuda para muchos usuarios: las personas con deficiencias visuales, los conductores que quieran escuchar sus libros en sus recorridos diarios camino del trabajo, los menores que estén aún aprendiendo a leer, e incluso los adultos que estén aprendiendo un idioma. Si el mecanismo funciona como lo describen, el mundo es un sitio mejor.

Obviamente, la asociación no opina lo mismo. Un libro en un Kindle se puede leer en voz alta sin pagar a los autores un dinero extra por la funcionalidad añadida. No importa que el libro ya se haya pagado al descargarlo (la única forma de introducir libros en el dispositivo es a través del sistema de Amazon, que, como todos sabemos, es principalmente una tienda).

La cuestión es que un libro electrónico cargado en un Kindle tiene automáticamente más valor que uno de papel (o que uno cargado en otro dispositivo sin función de lectura en voz alta), y esta asociación quiere poder extraer parte de este valor.

Es la doctrina que Laurence Lessig, siguiendo a la profesora de derecho Rochelle Dreyfuss, llama «si valor, derecho». Consiste en dar por hecho que todo el valor de una obra intelectual surge de la llama creativa inicial, y por tanto toda la cadena de valor debe estar bajo el control y la recaudación de los autores originales.

No todos los escritores están de acuerdo. Como señala el novelista Neil Gaiman, cuando uno compra un libro de papel, el derecho a leerlo en voz alta está incluido en la compra. Uno puede leerlo para sí, leérselo a un enfermo o a sus niños, grabar su lectura para escucharlo en el coche, y ese derecho no genera pagos extraordinarios. Pero la agente literaria de Gaiman, que negocia los derechos de edición impresa y los de audiolibro por separado, teme que la función de lectura automática atente contra esta doble fuente de ingresos.

La protesta es doblemente sofista. Primero, porque un libro de Neil Gaiman descargado en un Kindle ya se ha pagado. El comprador puede leerlo en voz baja, en alta o hacer que su máquina se lo lea, y esos derechos ya se han adquirido. Lo que pretende la agente es forzar a los lectores a pagar dos veces: por el libro escrito y por el hablado. Pero si de verdad el oyente de audiolibros deja de comprar el CD porque su Kindle le lee en voz alta, Gaiman no pierde ni un centavo: para él una venta es una venta, en el formato en que sea.

Además, hay otra segunda razón por la que el argumento no se tiene en pie. Por bueno que sea el sistema de síntesis de voz del Kindle, es difícil que sea comparable a las voces de actores como Jack Nicholson o John Gielgud, habituales de los audiolibros norteamericanos. Sus oyentes pagan extra por la producción e interpretación de esas lecturas, y probablemente seguirán haciéndolo durante mucho tiempo.

El día en que un sistema automatizado tenga la capacidad de comprensión e interpretación de un humano, todos tendremos mucho más por lo que felicitarnos (o por lo que horrorizarnos) que porque una máquina lea libros en voz alta.