Elogio y refutación de la Web 2.0

Una vez que ya casi hemos olvidado los pasados días de vacaciones, vamos a rematar la recopilación de tribunas escritas por Javier Candiera y publicadas en nuestra revista PC Actual en su Lógica Discreta hasta esta fecha

Elogio y refutación de la Web 2.0

28 agosto 2009

LÓGICA DISCRETA (#217, ABR2009)

Cuando la alegre pandilla de Tim O'Reilly empezó a hablar de la Web 2.0, el nombre venía como anillo al dedo para designar a una serie de tecnologías y usos que diferían de los que recordábamos de la Web de los primeros 90. En aquélla, llamémosla 1.0, el navegador solo pintaba documentos, y todo el código que transformaba datos se ejecutaba en el servidor.

En el nuevo modelo, las páginas web contenían cada vez más código ejecutable: para validación de datos, para animación, ocultación o muestra de fragmentos de la página, o incluso para generar la página localmente, sin tener que hacer nuevos «viajes de vuelta» pasando por el servidor.

La apoteosis de este sistema llegó con lo que Jesse James Garret llamó AJAX, sistema por el que las páginas web dejaban de ser la unidad de transferencia de la Red. En la primera web de Tim Berners-Lee, si un usuario enviaba un formulario que requería un cambio en solo una pequeña parte de la web, tenía que recibir una página entera, con la consiguiente espera para el sufrido internauta. Gracias a AJAX, en el caso de que fuera imposible generar la respuesta localmente, es posible guardar las partes de una página web que no varían, y que el servidor vuelva a mandar solo las que sí que han cambiado.

Otra diferencia clave está en las llamadas API o interfaces de programación web, subsistemas que exportan al ámbito público funcionalidades de los sitios web que antes estaban restringidas a sus creadores. Antes de estas API, si alguien necesitaba reutilizar datos de una web, se veía obligado a fabricar un programa que, fingiendo ser un navegador con un humano detrás, siguiera enlaces reales o inventados, descargara páginas HTML diseñadas para lectores humanos, y las desmontara para reducirlas a sus partes esenciales: texto, imágenes, más enlaces... Gracias a las API, estos recursos se pueden obtener, por así decirlo, «contra catálogo», mediante peticiones estándar, y así los programadores pueden hacer remezclas o mashups de sitios web.

Gracias a estas características técnicas de la Web 2.0 y a los frameworks de programación que los incorporan, son posibles servicios que no se podrían haber construido en 1994: Gmail, Google Docs, BBC Backstage y muchos otros. Y gracias a estas tecnologías, es posible hacer sistemas prácticos y usables que, en un mundo de la Web 1.0, serían quizá técnicamente posibles, pero poco viables y, desde luego, menos útiles; algunos ejemplos serían del.icio.us, Google Maps o el propio Flickr.

En la bolsa del nombre cabían también muchas otras características: contenido generado por usuarios, software como plataforma, efectos de red, modelos de negocio ligeros y muchos otros palabros, algunos referidos a conceptos útiles y otros de dudosa utilidad.

Y con la popularidad llegó también la crítica: que si la Web 2.0 no era más que una segunda burbuja, un engañoso sacacuartos, que estos supuestos avances técnicos no eran más que pequeños incrementos, y que la llamada Web 2.0 no hacía más que cumplir las promesas que la Web tuvo desde sus comienzos.

Es cierto que algunos asociaron el término más a características superficiales que profundas, y se conformaron con realizar diseños de logotipos llenos de gradientes, transparencias y reflejos. Estos son los mismos que, ahora que la economía está en horas bajas, pasan de ser defensores a ultranza de la Web 2.0 al desencanto más profundo, y se unen a los críticos y escépticos para hacer una gran fiesta de leñadores del árbol caído.

No hay por qué tener tanta inquina. Al final, Web 2.0 solo es un nombre. De hecho, es bastante útil para referirse al conjunto de tecnologías listadas más arriba. Yo mismo lo usaría más si no fuera porque, cuando hablo con mi familia, suelo remplazarlo por «más rápido y eficiente». Va a ser que al final no era un nombre tan necesario.