El Internet de las cosas

Prepárate a la invasión de los Nano:ztags. Seguramente puedas vivir con un ratón, pero necesitarás muchos conejos para etiquetar todas tus pertenencias. Miniaturización, el bajo coste de los componentes electrónicos, y la disponibilidad de WiFi, Bluetooth o RFID hacen posible convertir un objeto en una unidad de comunicación

El Internet de las cosas

13 octubre 2008

Era el año 2003, junio, París. Dos pirados rebotados de la industria de las telecomunicaciones e Internet (eso sí, con mucho ingenio y un gran sentido del marketing emocional) van y se hacen la siguiente pregunta: “¿De veras vamos a plantarnos ahora, y limitarnos a quedarnos quietos delante del ordenador?”. La respuesta fue un contundente “Nooo!” al unísono, y poniéndose de pie con el puño alzado, se conjuraron: “¡Vamos a dar más vida a Internet!”. Y así nació Violet.

 

Se trata de Rafi Haladjian (el Varzavsky galo, fundador de FranceNet hoy convertida en BT France y también de Ozone, a su vez vendida a NeufCegetel) y Olivier Mével (ideólogo de [email protected], una innovadora agencia de publicidad y productora de cine), dos genios que nos van a traer la siguiente revolución de las masas al escritorio. “Siempre hemos estado conectando cosas, cogiendo objetos del mundo real para conectarlos a Internet y trabajar con ellos de manera virtual”, nos explicaba Haladjian en su paso por Madrid.

 

“Así que lo primero que salió de nuestro estudio de diseño fue una lámpara que pensamos inteligente, capaz de cambiar de color según la información que manejase”. Esta lámpara recibió el nombre de DAL y en realidad era solo un prototipo del que se hicieron 170 unidades y hoy día un buscado objeto de coleccionista (en su día se vendía por 800 euros).

 

Las primeras camadas de gazapos

El camino estaba abierto. Y dos años más tarde, se presentaba el primer “conejo” conectado a Internet. ¿Acaso no lo estaban los ratones? “Queríamos una cosa menos elitista y para que fuera más barata sacamos la CPU para que estuvieran todas las aplicaciones pesadas en el servidor de tal manera que al conectarse recibiera las acciones a ejecutar, como poner música, mover las orejas o encender luces. Digamos que la inteligencia estaba en lo on-line”. Nacía así la primera camada de Nabaztags (así se dice en armenio conejos, claro).

 

En 2007 llegó la segunda generación, que como no podía ser de otra forma, se llamó Nabaztag:tag. “Cada versión lleva un :tag añadido, así cuando vayamos por la decimotercera… Éste conejo ya podía oler, comprender y reaccionar a la voz de su dueño, y encima sirve de puerto conector. Si puedes conectar conejos, puedes ya conectar cualquier cosa que sea por surrealista que parezca”.

 

Ahora los nabaztags hacen muchas más cosas, llevan WiFi, son menos dependientes del PC, detectan RFID, poseen altavoces, leen texto directamente de la Web… “Son un ambient-device: proporcionan información útil a su dueño pero sin esfuerzo ni molestar, sólo con un juego de luces: has recibido un mensaje, va a llover, no olvides las medicinas… esas cosas que va bien saber pero que no son realmente relevantes. Queríamos demostrar que no sólo se trataba de funciones, sino también de emociones, y una forma antropomórfica ayudaba para crear un modo de interacción directo, intuitivo, simpático y espontáneo”.

 

Las primeras 5.000 unidades se vendieron como rosquillas, en solo diez días. En poco tiempo pasaron en Internet de 0 a 2 millones de entradas. Y se espera vender 300.000 conejos a final de año, de ellas 15.000 o 18.000 en España, “¡más ahora que han empezado a hablar en español, además de otros cinco idiomas!

Su precio no es tan elevado, entorno a los 145 euros, y la gente está empezando a hacer cosas verdaderamente alocadas con ellos, como Antoine Schmitt y Jean-Jacques Birgé que han escrito la primera ópera luminosa para una orquesta de cien nabaztags (ver Nabaz'mob en http://www.youtube.com/watch?v=vxqGkLQyDiM). No estamos haciendo solo un dispositivo, sino creando un símbolo del Internet de las Cosas, pues ahora todo es posible, no importa si es demasiado extremo o demasiado absurdo”.

 

Másterplan: la rebelión de los electrodomésticos

¿Qué es lo próximo? “Muchos nos preguntan qué será lo próximo… El primer paso de conectar nuestros conejos a Internet ya lo hemos dado; ahora el segundo paso es poder conectar todo lo demás. ¿Pero por qué es esto necesario? Obviamente, tiene que ver con la idea del Internet de las Cosas. Ya lo dice un intraducible proverbio francés: qui connecte un œuf, connecte un bœuf, (quien conecta un huevo conecta un buey, parafraseando otro refrán que dice que quien roba un huevo es como si robase un buey)”.

 

Viendo la evolución de diversos casos históricos análogos, la tecnología al final siempre acaba persuadiéndonos. Los primeros relojes eran maquinarias inmensas y muy costosas, el pueblo que podía costeárselo ponía uno en la torre del campanario, era uno para todos; más adelante, algunos de los más pudientes empezaron a querer tener uno propio en su casa, era igualmente grande con un péndulo oscilante pero ya era solo para los miembros de la familia; con el correr del tiempo, se pudo hacerlos lo suficientemente pequeños para poder llevarlos colgados de una cadena, ya tenían un uso más particular.

 

Cuando se logró masificar su producción y hacerlos más baratos, llegaron los de pulsera, aún así solían ser una herencia o un regalo de la primera comunión para que durase toda la vida; hoy en día, es fácil tener varios modelos en el cajón de la cómoda según la ocasión lo requiera, analógicos, digitales, deportivos, enjoyados…; finalmente se produce el salto evolutivo hacia cualquier otro objeto: microondas, vídeos, radios, cafeteras…

 

“La tecnología suele ser muy cara al principio y se comparte entre muchos, luego se abarata al hacerla a gran escala, y luego se incorpora en cualquier cosa convirtiéndose en una función más. El mismo paralelismo se puede aplicar a la luz o a los ordenadores. Al principio la electricidad era solo para ver, una bombilla. Pero poco a poco se la fue añadiendo a más objetos mecánicos: la plancha, la cocina, la lavadora… realmente, se descubrió que todo podía ser electrificado para hacerlos más útiles y prácticos”.

 

La evolución de los ordenadores sigue los mismos parámetros, aunque más acelerados en el tiempo y en su curva de adopción. De aquellas mastodónticas máquinas que ocupaban una habitación y requería varios operarios, se pasó en los 80 a los PC de sobremesa, que en lo 90 ya se podían llevar de un lado a otro. En la actualidad, ya son tan pequeños que caben en un teléfono móvil y ya están embebidos en “la inteligencia del entorno”. El ordenador es una pasarela para todo tipo de información.

 

Pues lo mismo extendido a cualquier cosa. “¡No más pozos de conectividad dispersos en el desierto al que hay que acudir cada vez que se tiene sed!. Por ejemplo, imaginemos la báscula del baño. No habría que subirse, memorizar la cifra y luego salir corriendo al ordenador a meter la dirección web y tu peso: la báscula estaría ya conectada directamente a la web y te diría cómo va tu plan de adelgazamiento con unas palabritas de ánimo. Una solución en cero clics.

 

Y el mundo es muy grande: ya hay 1.000 millones de ordenadores (¡un éxito!) y 3.300 millones de teléfonos móviles (¡un gran éxito!). ¿Qué nos queda por conectar? Pues por ejemplo, 9.000 millones de pares de zapato (creo que tocamos a par y medio por habitante de este planeta), 18.000 millones de camisetas… en realidad, si lo piensas, ¡más de 100 billones de cosas!”. Esto es solo la punta del iceberg, el fin de la era de la escasez informática y sin conexión, la verdadera revolución va a ser el Internet de las cosas”.

 

Esto plantea una nueva división del mundo en dos categorías: los objetos que tienen energía (electricidad) y se conectan a Internet (como el estúpido ejemplo de la báscula de baño), y los que no: un paraguas, unas llaves, un cenicero, un oso de peluche, una caja de aspirinas… Entonces hablamos ya de CObjetos (las cosas conectadas) y NObjetos (el resto).

 

Palíndromos al otro lado del espejo

Y es ahora cuando Haladjian saca del fondo de su chistera no otro simpático nabaztag:tag, sino un montón de nano:ztags chiquititos de todos los colores. Estos conejillos forman parte de la última propuesta de Violet para dotar de inteligencia a cualquier objeto de nuestro entorno, la plataforma Mir:ror.

 

Gracias a “un espejo mágico como el de Alicia en Wonderland”, en realidad un lector de etiquetas RFID destinado al gran público (que se vende por unos 45 euros), y sus correspondientes etiquetas o sellos adhesivos llamados ztamps (la caja de doce a 19 euros), se crea una plataforma interactiva capaz de conectar, enriquecer y comunicar cualquier cosa con funciones configurables a través de la Web.

 

“Estos objetos, antes inertes, ahora pueden hablar en su contexto, revelando la vida, potencia y memoria que tienen: tu paraguas dándote el parte meteorológico, el peluche de tus hijos les lee el correo electrónico y lo envía a la oficina, tus aspirinas que te recuerdan cuándo tienes que medicarte, tu café comunicándose en Facebook, el retrato del abuelo contándote su genealogía y su historia, la bonita concha de la playa que te recuerda los mejores momentos de las vacaciones con imágenes y sonido… ¡Solo hay que acercarlos al espejo para que cobren vida!”.

 

Eso sí, el mir:ror, que es como un posavasos, tiene que estar conectado vía USB al ordenador para acceder a Internet. Hay una página web específica con un directorio de servicios que hace más fácil la programación de las tareas y acciones que se quieren asignar a cada etiqueta, perdón, a cada objeto “animado”, en función de lo que queramos que haga o diga.

 

“De manera que el final del camino es personalizar todos los objetos que nos rodean. Para ello hay tres vías: una, comprando objetos previamente “ztampados” (como es el caso de los libros que algunas editoriales socias de Violet ya comercializan con su sello RFID incluido, podemos programarlo para que el primer capítulo sea con nuestra voz y se dirija directamente a nuestro hijo por su nombre, o que se nos envíe un SMS avisando de que nuestro hijo ha cerrado el libro y se ha quedado dormido);

Otra es poniendo etiquetas en nuestros propios objetos (por ejemplo, en el llavero de nuestra hija, nos avisa con un e-mail de que ya ha llegado a casa del colegio o se está preparando la merienda); o también utilizando objetos RDFI ya identificados (por ejemplo, el abono transporte para sacarnos directamente el plano del metro o el itinerario de una línea de autobús). Lo bueno es que las ztamps son independientes al dispositivo y perfectamente reprogramables, pueden almacenar una o varias órdenes, y el mir:ror leer varias simultáneamente”.

 

Basado en el estándar ISO 14443 A/B, permite que un paraguas ztampado pueda ser leído en cualquier otro lector RFID, en la oficina o en el hotel de viaje, y siga respondiendo lo esperado. El lector USB puede llevarse, la información meteorológica está siempre depositada y disponible en la plataforma Violet.net.

 

“Las aplicaciones son independientes del mir:ror. Todas ellas están en la plataforma de Violet y son “llamadas” por el dispositivo. El usuario programa los objetos a base de dotarlos de aplicaciones. La compañía está desarrollando sus propias aplicaciones para cualquier objeto real y que se encontrarán en dicha plataforma. Actualmente, los servicios que componen la plataforma están disponibles en inglés, francés, español, alemán e italiano. Con el tiempo, se quiere crear una red en la que los Mir:ror interactúen entre ellos”.

 

La invasión de los ultraobjetos

“¿Por qué conectar un objeto a Internet? ¿Por qué ir sin objetos más ricos, dinámicos y más útiles por un coste mínimo? ¿Por qué no pensar en ciertos objetos como atajos a contenidos y eventos? Y, ¿por qué no dejar que los objetos se expresen o conversen con otras máquinas si puede ser útil?”.

 

Realmente, lo que quieren estos dos iluminados es provocar a toda la industria (cosmética, editorial, juguetera, aseguradora, farmacéutica…) y ponerle las pilas para que cada vez se puedan hacer más cosas con cualquier tipo de CObjetos y NObjetos. El último lanzamiento de Violet sigue este plan maestro con intención de crear el Internet de Cosas.

 

“La vocación de nuestra compañía no es repetirse ni crear un círculo cerrado de dispositivos conectados a la Red. Creemos que todos los objetos ya sean eléctricos, electrónicos o no, tienen que estar conectados. Vivimos en un mundo donde la información está atrapada en unos cuantos objetos. Nos fijamos en nuestras pantallas que son como nuestras peceras llenas de datos que nadan se un lado a otro. Para Violet, la información es algo más parecido a una mariposa.

Algo que puede ir volando y posarse en cualquier lugar. Y que, al hacerlo, les da a esos objetos vida y los enriquece. Queremos aportar algo de magia a nuestro mundo. Ésa es nuestra idea del Internet de las Cosas y Mir:ror es el primer paso hacia ella”.

 

¿Pero hay mercado? “En Occidente, la media de objetos domésticos es de 8.000. Entre esos objetos, sólo unos cuantos están conectados: el PC, el teléfono, la consola y, claro, el Nabaztag. Entre los otros objetos que tenemos en casa, algunos tienen funciones prácticas: paraguas, libros, platos, zapatos, etc., mientras que otros tienen un carácter más sentimental: marcos de fotos, cuadros, recuerdos de viajes… Aún hay unos 7.996 objetos por casa que se pueden conectar!”.