Matar a la Internet de oro

Aprovechamos estos meses vacacionales para recopilar las contribuciones a PCA de uno de los indiscutibles amos de la blogosfera hispana: con ustedes, la dosis diaria de Javier Candeira, uno de los principales artífices de Barrapunto

Matar a la Internet de oro

8 agosto 2008

LÓGICA DISCRETA (#187, JUL/AGO2006)

Las operadoras de telecomunicaciones quieren cobrar de los proveedores de contenidos por el «uso excesivo» que se hace de su red, y cobrar diferencialmente según quién sea el usuario o el protocolo utilizado. Si logran lo que quieren, podrían estar cargándose a la gallina de los huevos de oro.

 

En febrero, el presidente de Verizon, una de las principales operadoras de telecomunicaciones estadounidenses, se quejó de que las empresas de Internet (léase Google, Yahoo!, eBay, Amazon, etcétera) usaran «sus» líneas para ganar dinero sin compartir con ellos las ganancias. Las quejas suenan a avaricia; cuando un usuario se compra un libro en Amazon, las operadoras cobran dos veces: al usuario por su conexión y a Amazon por su ancho de banda. Para el presidente de Verizon, el problema es que ninguno de ellos paga en proporción al valor añadido de ese intercambio comercial.

 

En Internet nadie sabe qué tipo de bits pasan por la Red y se facturan por igual los lucrativos bits de compra electrónica que los de alguien que sube la foto de su gato a su weblog. Luego están los modelos de negocio que ni siquiera requieren que el empresario gaste ancho de banda, como la telefonía por Internet. Si un usuario español usa Skype para hablar con su novia en Australia, la conexión no pasa por ningún servidor de Skype, que sólo usa el ancho de banda necesario para la descarga del software y la autentificación de sesiones. Tanto el español como la australiana pagan por su uso de la Red, sin embargo, las operadoras quieren cobrar más porque esas conexiones les hacen perder dinero.

 

Años después de la liberalización de las telecomunicaciones, estas compañías pretenden ser los dueños de lo que pasa por sus infraestructuras. Para entendernos, es como si desde Volkswagen vendieran los coches, pero también quisieran cobrar según se usara para uso particular o como taxi, y si fuese particular, según se destinase al ocio o para ir a trabajar. Al pretender dar trato diferencial a los datos que viajan a determinadas direcciones o bajo determinado protocolo técnico, las operadoras amenazan uno de los principios fundamentales de Internet: la llamada «neutralidad de red». Cuando se diseñaron sus protocolos e interconexiones, se basaron en lo que se llama el «principio de extremo a extremo»: la red es «tonta» y trata todos los bits por igual, y son los dispositivos conectados a los extremos los que son «listos» y saben si un bit es una conexión telefónica, un juego, una compra o un weblog.

 

El enorme crecimiento de Internet ha sido posible gracias a este principio de extremo a extremo y a la libertad de cualquiera de enchufarse a una red no propietaria. En su declaración ante el Congreso, Vinton Cerf, arquitecto del protocolo TCP-IP, escribió: «Internet está basada en un modelo (...) que permite que la gente (...) innove, libre de todo control central. Al colocar la inteligencia en los extremos de la red en vez de en su centro, Internet ha creado una plataforma para la innovación. Esto ha llevado a una explosión de ofertas (de la telefonía por Internet a las redes inalámbricas y los weblogs) que quizá jamás habría evolucionado si el control central fuera inherente a su diseño».

 

Las cartas están sobre la mesa y la legislación que obliga a la neutralidad de red ha sido rechazada en el Congreso de los EE UU hace apenas un mes, con el apoyo de las empresas de telecomunicaciones. Sus actos, aunque rentables a corto plazo, son contraproducentes. Si Skype, Google, Yahoo! y tantos otros necesitan a las operadoras, éstas necesitan también estos servicios, porque sin ellos ningún ciudadano tendría deseos ni necesidad de conectarse a una Internet inexistente.