Microsoft: un anillo para dominarlos a todos

Aunque todavía queda tiempo para el lanzamiento de Microsoft Vista, ya se empieza a hablar en diversos foros de los movimientos de la competencia. Todos señalan a Apple, las distribuciones Linux o Google, pero quizás su gran rival no tenga un nombre propio

Microsoft: un anillo para dominarlos a todos

26 marzo 2008

El sistema operativo es una parte importante y fundamental de un ordenador. Cuando, en la década de los setenta, una IBM agobiada por las presiones de la legislación antimonopolio norteamericana y que no daba demasiada importancia al ordenador personal en su estrategia decidió encargar el sistema operativo de aquel primer IBM PC a una empresa poco importante, de escasa experiencia, prácticamente una «compañía de garaje», no era en absoluto consciente de que estaba empezando a escribir una de las páginas más importantes en la historia de la tecnología contemporánea: acababa de comenzar la Era Microsoft.
Desde esa posición de desarrolladores del sistema operativo de una máquina en la que IBM parecía no confiar demasiado, «amablemente» cedida, Microsoft llegó a ser lo que conocemos hoy: una compañía de elevadísima capitalización bursátil, con miles de empleados, millones de usuarios y cuotas de mercado aplastantemente monopolísticas en muchos de sus productos. Los secretos de un éxito tan abrumador se estudian en los cursos de estrategia de las escuelas de negocios de todo el mundo, pero está claro que pasan por una cuidadosa estrategia de difusión de su plataforma, apoyándose incluso en temas como la piratería, que consiguió hacer de Windows un estándar; y por un crecimiento del papel del sistema operativo como tal, que lentamente fue incorporando cada vez más funciones (bundling) y convirtiéndose en insustituible en los ordenadores de todo el mundo.
Si había algún desliz, algún competidor que amenazaba este modelo, bastaba con imbuir las funcionalidades de ese producto en el propio sistema operativo, afirmar que eran un componente fundamental del mismo y dejarlo sin nada que ofrecer a un público que ya tenía en la mano unas prestaciones parecidas y gratuitas, estrategia seguida por ejemplo en el caso de Netscape.
Así, Microsoft fue capaz de construir una posición enormemente sólida fundamentada en el control del ordenador: los usuarios aprendían Windows, recibían equipos con Windows y Office preinstalado, y cambiaban de versiones de sus programas y de ordenador aproximadamente cada tres años. Ese es el escenario que hemos conocido hasta el momento, uno que convertía a Microsoft en una compañía con un sólido flujo de ingresos proveniente de una parte localizada de su cartera de productos y que le dejaba manos libres para intentar innovar en otros frentes e ir completando su «cuota de pantalla» con el usuario. Un sueño en el que un usuario amanecía con el sonido y el logo de Windows en su despertador, trabajaba en Windows, se entretenía en Windows, y se iba a dormir poniendo el despertador de Windows…
Primer rival a la vista
Y el próximo lanzamiento, Windows Vista, parece más de lo mismo. ¿Cabe esperar que la escena siga siendo parecida en el futuro? ¿Existe un sistema operativo capaz de hacer sombra al omnipresente Windows? La respuesta a este interrogante podría empezar por un análisis de las alternativas existentes, o al menos, las primeras que nos vienen a la cabeza cuando paladeamos sílaba a sílaba la palabra «alternativa»: los diferentes sabores de Linux y el OS X de Apple.
En cuanto a la primera, Linux se encuentra hoy en un momento interesante: ha conseguido una usabilidad y amigabilidad notables, y las diferencias con Windows se reducen a cuestiones que empiezan a requerir muy poco aprendizaje. Para un usuario de Windows que decide migrar a determinadas distribuciones, podría ser que la instalación de una versión actualizada, la instalación de programas o la configuración de algunas opciones le resultasen levemente más complejas que en el entorno Windows del que proviene, pero sólo la primera vez.
Las dificultades que se le achacan no son más que procedimientos que ese usuario estaba acostumbrado a realizar de una manera en Windows y que en Linux pueden variar, pero la complejidad se reduce a leer unas instrucciones, preguntar o explorar un poquito. No hay que aprender cosas nuevas como tal, uno de los miedos que detenían a muchos pretendidos aventureros. Por otro lado, la incipiente y lógica migración de instituciones públicas y organismos educativos hacia sistemas abiertos podría llevar aparejado un futuro más plural, para preocupación de una Microsoft que dedica enormes esfuerzos a intentar evitarlo. Sin embargo, y a pesar de lo comentado, Linux es todavía una opción minoritaria, que no parece llegar a los dos dígitos, y que lleva manteniéndose ahí mucho tiempo a la espera de alguna innovación verdaderamente disruptiva sobre la que cabalgar.
El ataque de la manzana
El caso de OS X es diferente. El reciente anuncio de la migración a plataformas Intel parece esconder un movimiento de más calado, en el que muy posiblemente no se abandonarían los procesadores que IBM tiene ya en desarrollo para los modelos de gama alta, mientras se comenzaría por llevar a Intel los modelos de gama baja (al menos desde el punto de vista de prestaciones), portátiles y Mini. Un movimiento así, unido a una previsible difusión de OS X y de algunas aplicaciones a través del activo mercado pirata típico del entorno Intel (estrategia que Microsoft ya utilizó con gran éxito en su momento), podrían llevar a Apple a una posición muy interesante que la sacase del nicho de «evangelistas» en el que se encuentra actualmente. Pero una vez más, hablamos en parte de hipótesis, y de una alternativa cuya penetración actual sigue estando en valores de dígito sencillo.
Un buscador en la oreja
¿De dónde viene, entonces, la amenaza para Microsoft (si es que existe alguna)? Curiosamente, como tantas otras veces, de una repetición de la historia reciente. Recordemos, en la segunda mitad de la década de los noventa, la llamada «guerra de los navegadores»: una Microsoft que, habiendo llegado tarde al desarrollo de Internet, intentaba reaccionar frente a una Netscape que había copado la gran mayoría de ese mercado y que amenazaba de manera más o menos velada con convertir una pieza como el navegador en el núcleo de una nueva concepción de sistema operativo.
En 1997, con el lanzamiento de Internet Explorer 4.0, la rivalidad llegó a su apogeo en un momento en que la penetración de mercado aún era favorable a Netscape (72%), pero la estrategia de bundling de Microsoft surgió efecto: ¿para qué iba nadie a bajarse e instalar Netscape cuando ya tenían un navegador razonablemente bueno que venía incluido con el sistema operativo?
Para Microsoft, competir con Netscape fue relativamente sencillo. Era una empresa comparativamente pequeña, cuya facturación total nunca llegó a ser superior a los intereses generados por la partida de caja de Microsoft, y demasiado dependiente de un solo producto. Y aun así, Microsoft recurrió para derrotarla a prácticas que los jueces calificaron posteriormente de anticompetitivas. ¿Qué ocurriría si la historia se repitiese, pero esta vez los contendientes en liza tuvieran sus fuerzas más equilibradas? Para muchos observadores, la Netscape del siglo XXI se llama Google. Sin duda, dada la situación actual de Google, sería en este sentido una «Netscape con esteroides». Pero estudiemos las circunstancias que la rodean. En principio, Google era una empresa «de la red», no «del PC». Una empresa completamente «agnóstica» con respecto al sistema operativo. Así, podemos acceder a sus servicios desde un ordenador con Mac OS X de Apple, con cualquier sabor de Linux o por supuesto con Windows.
La propia Google, de hecho, ha sido tradicionalmente más rápida sacando sus productos para Windows que para otras plataformas. Pero eso lo único que refleja es que, cuando saca un producto, intenta forzar hacia arriba la pendiente de las primeras etapas de la curva de adopción, pretende una rápida adopción por una gran cantidad de gente, razón por la cual se dirige primero a aquel sistema operativo que le garantiza una base de clientes más numerosa.
En cuanto a funcionamiento interno, todos sabemos que Google es una ferviente usuaria de sistemas basados en Linux, pero ello parece deberse únicamente a razones prácticas, las mismas que guían a otros gigantes de la red: control, estabilidad, flexibilidad, prestaciones, etc. Sin embargo, es también conocido su directo y manifiesto apoyo financiero a Mozilla Foundation, creadora de Firefox (principal alternativa al caduco Explorer de Microsoft) o a Wikimedia, creadora de la Wikipedia, la enciclopedia libre que se ha constituido en la auténtica asesina de la conocida Encarta.
Y no sólo esto, hablamos de Desktop Search, Gtalk, Google Earth… En el fondo, para muchos analistas, hablamos de «cuota de usuario».
Visiones diferentes
Todo esto lleva a pensar que Microsoft es una empresa «de las de antes», que aún cree que el usuario quiere pasar la mayor parte de su tiempo en su ordenador, con un Windows y un Office que cambia cada tres años. Por su parte, Google cree que el sistema operativo y las aplicaciones son poco importantes porque el usuario pasará todo su tiempo no en el PC, sino en la Red, y los cambios de versión pueden producirse, si quiere, todas las semanas. Un dinamismo al que la empresa de Redmond no está acostumbrada. Y el signo de los tiempos parece ser, efectivamente, un usuario que, independientemente del dispositivo que esté utilizando, prefiere trabajar en la red, acceder a sus datos a través de ella y crear, editar y guardar sus documentos de cualquier tipo en Internet.
Además, con factores como el incremento de penetración de la banda ancha o el desarrollo de interfaces de usuario mediante lenguajes de construcción dinámica de páginas con conjunto de herramientas como AJAX, este tipo de escenario parece cada día más real.
En el fondo, no es más que la óptica de un visionario como Scott McNealy, presidente y consejero delegado de Sun Microsystems, que en 1996 pronunció la frase «the network is the computer». Todo parece indicar que nos dirigimos a un escenario en el que todo estará permanentemente conectado a la red, y a cada máquina individual (de las que usaremos muchas distintas cada uno: sobremesas, portátiles, móviles, etc.) le pediremos simplemente que sea rápida, fiable, estable y que muestre e interprete bien todas las aplicaciones y contenidos existentes. En el escenario actual, lo importante ya no es tanto quién tiene la llave del sistema operativo del ordenador, sino quién provee los servicios a los usuarios en la Red. El que lo haga mejor tendrá una cuota mayor de esos usuarios, y podrá tenerlos para que vean su publicidad, sus anuncios contextuales, compren sus productos, etc.
El papel de MS Vista
Microsoft Vista se debate entre ser el rey de un entorno que cada vez es menos importante (cada vez hacemos menos cosas en el PC y más en la Red) y el intento de alcanzar el grado de usabilidad de Mac OS X, o la estabilidad de este mismo o de cualquier versión de Linux, tareas todas ellas no exentas de dificultades. Y en paralelo, vemos funciones en Vista que intentan orientarse a trabajar con contenidos a través de la Red, como las relacionadas con la recepción de información en formatos tipo RSS o las centradas en hacer llegar entretenimiento digital en alta definición a los usuarios. Pero no debemos olvidar que esos contenidos no son propiedad de Microsoft y que sus legítimos propietarios tienen tendencia al desarrollo de entornos «hiperprotectores» en términos de copyright. Esto lleva a Vista a posicionarse, en gran medida por imposición de los proveedores de contenidos, como un sistema operativo «incómodo», lleno de restricciones para el usuario, y con unos requerimientos de tipo hardware brutales que prácticamente obligan a la compra de un nuevo ordenador.
¿Logrará Microsoft, basándose en la pujanza de las ventas de equipos nuevos y en la fuerza coactiva de su canal, posicionar en una mayoría amplia de los clientes un sistema operativo como Vista? Posiblemente sí, si nos atenemos a la historia pasada, aunque es posible que, una vez más, esta firma vuelva a ser la mejor competencia de sí misma, y muchos usuarios ralenticen el cambio y se queden en versiones anteriores de Windows. Pero esta vez, la competencia real no viene de otro sistema operativo. No viene de un igual. Esta vez, el anillo para dominarlos a todos ya no es el sistema operativo de otra empresa. Es una fuerza difusa, una multiplicidad de empresas que desarrollan y una serie de comunidades que complementan esos desarrollos y preparan otros nuevos a velocidades de vértigo. Ahora, el anillo único es LA RED.
Los «pasitos» de Google
El verdadero peligro para Microsoft viene de una empresa que, lejos de mantenerse fundamentada en su dominio de la Red, empieza a realizar incursiones poderosas en el propio ordenador de los usuarios, con productos como Desktop Search, inmensamente más potente que la ridícula prestación de búsqueda con un lento perrito que movía la cola a la que Microsoft nos tuvo acostumbrados durante años y años. O que lanza un sistema de mensajería instantánea como Gtalk, que pretende hacer sombra al ubicuo (al menos en España) MSN, con penetraciones monopolísticas sobre todo entre los segmentos más jóvenes de usuarios. O que ridiculiza a Hotmail con un servicio tan incomparable como Gmail, que dinamiza completamente el sector del correo electrónico gratuito.
Pensemos, por ejemplo, en el interesantísimo Google Earth, una aplicación «mixta» con una parte, ligera, en el ordenador, y otra, más pesada y con necesidad de actualización constante, que reside en la Red. Cuando los mapas, o la misma aplicación, son actualizados, aparecen automáticamente los cambios ante los ojos del usuario. Desde su lanzamiento, ha obtenido una gran atención mediática, unas fantásticas críticas, y ha logrado reunir a una comunidad de desarrolladores que desarrollan aplicaciones sobre el programa para los más variados propósitos, algo que le otorga un elevado dinamismo y la separa de las prestaciones de sus competidores.
La (ex) amenaza de Navigator
Lo que disparó en su momento la reacción de Microsoft fue no ver el producto de Netscape, el navegador, como una simple herramienta para visualizar contenido en Internet, sino como un posible envoltorio para cualquier otra actividad. Era una solución que podía permitir que un ordenador de cualquier plataforma provista de un servidor web pudiese disfrutar de cualquier servicio en la Red, de aplicaciones de todo tipo. Es decir, que mucha de la inteligencia que Microsoft quería que se gestionase a nivel de máquina se gestionaría a nivel de red, reduciendo o comoditizando el papel del sistema operativo como tal.
En aquel momento, 1996, con una infraestructura de acceso predominantemente telefónica, lenta, incómoda e insegura, era obviamente prematuro pensar en usuarios subiendo o bajando grandes cantidades de información. Pero ahora, trasladémonos a la actualidad: conexiones de banda ancha, interfaces cómodas, pantallas que no es preciso recargar enteras para que muestren cambios y empresas almacenando su información más sensible en la red… El escenario ha cambiado.