La paradoja del revés de autor

Aprovechamos estos meses vacacionales para recopilar las contribuciones a PCA de uno de los indiscutibles amos de la blogosfera hispana: con ustedes, la dosis diaria de Javier Candeira, uno de los principales artífices de Barrapunto

La paradoja del revés de autor

5 agosto 2008

LÓGICA DISCRETA (#186, JUN2006)

El derecho de autor ofrece algunas curiosas contradicciones. Hamlet, el estudiante perplejo y depresivo, podría haberse preguntado, con su libro en la mano, por qué las cosas que la ley le prohíbe hacer con su contenido se llaman derechos y las permitidas limitaciones.

 

Algunos de los derechos de los que disfrutamos, como el de cita, el de copia privada o el que permite a la ONCE hacer copias en braille de todo el material impreso en España sin solicitar permiso previo son, por tanto, «límites» según la
teoría del derecho de autor. ¿Límites? Claro que sí, del mismo modo que las puertas y ventanas son límites a la capacidad de contención de las paredes, y que el derecho a circular libremente es un límite a la potestad de la policía para encarcelar a las personas (por nuestra seguridad, tengámoslo claro).

 

En su novela 1984, George Orwell llamó doublespeak, o «habla doble», a esta capacidad de usar palabras para decir lo contrario que significan. Este mismo fenómeno de doublespeak es el que se manifiesta cuando los fabricantes de hardware se alían con los productores de contenidos para añadir a sus productos algo llamado DRM (Digital Rights Management). Lo llaman «Gestión de Derechos Digitales» y también, en el entorno informático, «Computación Fiable». En realidad, debería llamase «Gestión de Restricciones Digitales» o «Computación desconfiada », porque el DRM consiste en fabricar aparatos que no se fían de sus usuarios.

Como dice Cory Doctorow, co-editor de Boing Boing, nadie se levanta por la mañana deseando que sus aparatos hagan menos de lo que hacen. Y, sin embargo, esto es lo que hace el DRM: generar trabas arbitrarias para beneficio de unos pocos (productores de contenidos audiovisuales e interactivos) y en detrimento de muchos (el conjunto de ciudadanos). Siempre, por supuesto, en nombre de «los artistas» y «la cultura».

 

En la práctica, el DRM sirve para muchas otras cosas: evitar la libre circulación de mercancías (la codificación por región de los DVD y videojuegos), apoyar la discriminación por precios (de nuevo la codificación por región), impedir derechos como la copia privada y la recopilación con propósitos docentes, y sus efectos colaterales, que llegan a lo que el profesor Edward Felten llama «prohibir las matemáticas». Y es que, si se puede prohibir la publicación de un algoritmo sólo porque podría valer para copiar un DVD, esa prohibición afecta también al derecho a la libre expresión y a la investigación científica.

 

De hecho, y ésta también es una paradoja, para lo único que no vale el DRM es para impedir la copia de material supuestamente «protegido». Como dice el experto en seguridad Bruce Schneier, «hacer información que no sea copiable es como hacer agua que no moje». Un estado en libertad se define porque se permite todo lo que no está explícitamente prohibido. En una dictadura, por el contrario, está prohibido todo lo que no está explícitamente permitido.

 

El acceso a la cultura es un derecho constitucional, tanto o más que el de autor, y sin embargo nuestros gobernantes siguen endureciendo las condiciones de nuestra legislación, apoyando el dedo en uno de los dos lados de la balanza, mientras afirman que están buscando un «equilibrio» entre los derechos de unos y otros.

 

Examinen ustedes nuestros modelos de derecho de autor y de «protecciones tecnológicas» y díganse si les parece que existe tal «equilibrio». Aunque a lo mejor todo se arregla si redefinimos la palabra equilibrio, igual que ya estamos redefiniendo «derechos» y «límites».