El prado comunal mágico

Aprovechamos estos meses vacacionales para recopilar las contribuciones a PCA de uno de los indiscutibles amos de la blogosfera hispana: con ustedes, la dosis diaria de Javier Candeira, uno de los principales artífices de Barrapunto

El prado comunal mágico

15 septiembre 2008

LÓGICA DISCRETA (#205, MAR2008)

Los economistas tienen una palabra para el impacto, para bien o para mal, de una transacción económica sobre las personas que no participan en ella: lo llaman externalidad. La contaminación industrial es el ejemplo clásico de externalidad negativa

 

En el mundo de los objetos físicos se encuentran más externalidades negativas que positivas. La razón es muy sencilla: cuando es positiva, los actores económicos tienden a intentar capturar su valor para favorecerse. Por ejemplo, la cría de abejas para fabricar miel y cera puede tener como externalidad la polinización de las cosechas. Y digo «puede tener» porque muchos apicultores capturan (o internalizan) este valor alquilando sus colmenas a agricultores.

 

El software libre u Open Source no sólo es un ejemplo de bien intangible: también es un bien público codificado con medios privados. A diferencia de los Parques Nacionales, que son de disfrute público por ley, o de las fachadas de los edificios en la vía pública, sobre las que no existen derechos patrimoniales de propiedad intelectual también por ley, el software libre no lo es por ley, sino por disposición de sus autores. Sin embargo, al publicar software bajo licencias libres, sus autores no sólo benefician a otros, también se benefician a sí mismos en un círculo virtuoso.

 

Es cierto que el software libre genera mucho valor externo que no sólo no se captura, sino que es imposible de capturar. Si IBM paga a diez ingenieros para que colaboren en Linux y en el servidor web Apache, saca a cambio el trabajo de 10 ingenieros... pero los demás también lo sacamos. El software libre es un bien no rival ni excluible, así que ese valor se multiplica por cada uno de los usuarios (finales o intermedios) que disfrutamos del trabajo de esos diez ingenieros.

 

De su labor se benefician Google y Amazon, Debian y Oracle, y también el proveedor de Internet, el consultor independiente que vive de apañar Apache para sus clientes y el usuario final que sólo tiene un website para poner fotos de su gato. Pero eso no es todo, porque el valor no sólo se distribuye, sino que se multiplica como en un cuerno de la abundancia.

 

El efecto de red hace que cada usuario de Apache (o de navegadores como Firefox, que interactúan con Apache) dé más valor a cada una de sus copias, incluidas las que IBM vende o instala. Del mismo modo que un solo teléfono no vale nada, pero dos ya sirven para algo, y que cada uno que se une a la red da más valor a los existentes, cada usuario, vendedor, intermediario o desarrollador que interviene en la cadena de valor del servidor Apache genera una externalidad positiva para todos los demás (y sí, esto incluye a IBM, que son los que pagan a los 10 programadores de nuestro ejemplo).

 

El escritor Cory Doctorow llama a este efecto «las ovejas que cagan hierba»: el software libre es un pasto comunal mágico donde, cuantos más rebaños hay pastando, más hierba hay para todos. En términos empresariales, a esta práctica se le llama «coopetición»: los competidores deciden colaborar en aspectos no centrales de su negocio. Esta colaboración siempre se ha dado entre los agricultores y vecinos que se ayudan unos a otros en un «hoy por ti y mañana por mí».

 

El software libre y sumecanismo legal, las licencias, hacen por la cooperación lo mismo que el mercado hace por la competencia: permite que varios grupos se coordinen sólo siguiendo las mismas reglas, sin necesidad de conocerse. Un granjero puede ayudar sólo al vecino que conoce, pero un desarrollador de software libre colabora con todo el universo de desarrolladores y usuarios, los conozca o no. El prado del software libre es así doblemente mágico.