Propiedad intelectual y blogs

La blogosfera se ha convertido es un vasto escenario para el intercambio de la cultura y el acceso a cualquier tipo de contenidos puestos en la Red. Por eso es importante conocer los límites del quehacer bloguero o hacer que desaparezcan dentro de los términos y posibilidades que la ley admite

Propiedad intelectual y blogs

15 octubre 2005

 Internet es más que un espectro reflector de la sociedad y cada una de las relaciones que a diario traban sus componentes. Es también, con las bondades y vicissitudes que eso implica, un espacio complejo, generador de conductas, circunstancias y paradigmas con sus propios equivalentes en el mundo real, ése que sobrevive afuera de la red de redes. Lo que nace o sucede dentro de los entornos digitales, el complejo escenario al que William Gibson ha llamado ciberespacio, indefectiblemente produce efectos en la vida de las personas, tanto como si sucediera afuera de ellos.

 

Las conductas sociales, los derechos colectivos, las obligaciones y, en suma, las normas consuetudinarias que regulan la vida en sociedad se acoplan o redefinen en Internet según vayan surgiendo motivos que lo propicien. Y las bitácoras personales, cada vez más populares, son, además de un motivo suficiente para replantear la dinámica de Internet como medio generador de información y contenidos, un enrevesado desafío para quienes deseen regular varios de los aspectos más intrincados de la web: la responsabilidad de los autores, la sujeción a las leyes que regulan los derechos de autor, la privacidad o la libertad de expresión.

 

El derecho a la libertad de expresión

La blogosfera es un espacio más para la creación del procomún cultural. Una de sus máximas es la libertad de hacer públicos nuestros discernimientos, de forma directa e inmediata, en forma de texto o mediante otros formatos que esta tecnología promueve, a una audiencia mucho más numerosa de la que estábamos acostumbrados.

 

Podemos materializar, en sólo unos segundos, nuestras ideas y opiniones, manifestar nuestro desacuerdo y reiterar, tantas veces lo queramos, nuestra simpatía o aberración por una determinada causa.

 

El acceso a la información y la libertad de expresarnos es un derecho fundamental del que todos debiéramos ser portadores, y la blogosfera, con su vertiginoso crecimiento, ha potenciado y democratizado este principio. Sin embargo, esa libertad también se traduce en obligaciones y en la necesidad de interpretar racionalmente su alcance.

 

En este medio, como en cualquier otro en que sea posible crear contenidos, debe prevalecer el deber de conducta pactado entre los individuos que decidan hacer parte de la interacción social que permite el formato, el respeto a las leyes y a los valores éticos que sirven como garantes de la palabra escrita: la responsabilidad, autenticidad y veracidad de lo que se publica.

 

En suma, la blogosfera, por la misma razón en que promueve derechos excelsos como la libertad de expresión, es un escenario público más en donde el comportamiento de las personas puede tener repercusiones sociales o jurídicas e incluso convertirse en conductas punibles tipificadas por la ley.

 

Si bien es cierto que muchos regímenes han socavado gravemente la libertad a sus ciudadanos de utilizar esta plataforma para manifestar sus creencias, quienes sí puedan hacer uso del derecho a expresarse deben subordinar esa libertad a límites fundamentals que salvaguarden valores imprescindibles dentro de toda sociedad.

 

Las conductas reprochables que puedan cometerse a través de este formato, como la injuria o la calumnia, tiene los mismos efectos jurídicos que tendrían de cometerse en otros medios análogos, y las garantías ofrecidas a ciertas profesiones, como la de no revelar las fuentes utilizadas para la elaboración de un texto, propia de los periodistas, no es aplicable a quienes se escuden en su blog para agredir la reputación de una persona o entidad.

 

Propiedad intelectual

Una de las discusiones más enconadas que ha surgido con la aparición de las nuevas tecnologías de la información es la relacionada con los derechos de autor y la propiedad intellectual de las creaciones del intelecto humano. Éstas nacen o se plasman dentro del insondable ecosistema digital, regulado, como regla general, sobre la marcha, muchas veces de manera permeable, experimental e improvisada, oscilando entre la cultura del permiso y posturas, a todas luces, altamente restrictivas como premisas de control.

 

Demonizar el impacto de la blogosfera sobre los derechos de autor es tan contraproducente como trivializarlo. Se ha popularizado a pasos agigantados y no se libra de caer, como no lo ha hecho ningún otro proceso que involucre altísimos progresos tecnológicos y su impacto sobre la sociedad, en vacíos jurídicos y contradicciones regulativas que a la larga podrían entorpecer su consolidación.

 

Algunas de ellas son, por supuesto, el derecho que como individuos tenemos de acceder a las producciones culturales y la protección a los derechos que sobre alguna creación artística, literaria o científica tiene otra persona, la interpretación que de ellas hagan esos individuos y el derecho positivo, y que converjan esas dos valoraciones.

 

Es común, sin embargo, que esas interpretaciones no coincidan, y tanto la ley como los usuarios se apoyen en los excesos de una y otros para, al menos en teoría, distanciar sus percepciones: los excesos de la comunidad internauta en perjuicio de la propiedad intelectual, y el exceso de la ley en detrimento de la cultura y el acceso a la información que muchos colectivos reclaman.

 

Plagio o ingenua omisión de los usuarios

A los ojos de la ley española, una de las conductas más delicadas y del todo punibles en la que puede incurrir una persona es la de reproducir literalmente y atribuirse como propios contenidos protegidos por el copyright, es decir, ese conjunto de normas que defienden la titularidad de una persona natural o juridical sobre una obra original.

 

El plagio está consagrado en el artículo 270 del Código Penal, concretamente en el capítulo dedicado a los delitos relativos a la propiedad intelectual e industrial, al mercado y a los consumidores: «Será castigado con la pena de prisión de seis meses a dos años o de multa de seis a veinticuatro meses quien, con ánimo de lucro y en perjuicio de tercero, reproduzca, plagie, distribuya o comunique públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la autorización de los titulares de los correspondientes derechos de propiedad intellectual o de sus cesionarios».

 

El blogger, de por sí, es un documentalista, coleccionista y apropiador de contenidos. Genera documentos novedosos o se nutre del de otros. Como cualquier usuario de Internet, recopila y almacena datos que puedan servirle para crear una producción intelectual original. Capta y reproduce, a fin de cuentas, lo que la tecnología y los avances informáticos han puesto al alcance de sus manos: la información. Su condición se equipara a la de cualquier ciudadano sujeto a las normas de propiedad intelectual y en ese sentido, puede hacer uso de su legítimo derecho de cita admitiendo la autoría del contenido expuesto mediante herramientas propias de la plataforma blogging, tales como el uso de comillas, enlaces o textos en formato de cita, que de forma inequívoca indiquen la identidad del autor.

 

En España, el régimen jurídico de derechos de autor, consagrado en la Ley de Propiedad Intelectual (Real Decreto Legislativo 1/1996), ampara la potestad de las personas para reproducir, distribuir y comunicar públicamente obras de carácter literario, científico o artístico. Básicamente, resguarda, celosamente, derechos morales en cabeza del autor o sus derechohabientes para, entre otras cosas, reivindicar la paternidad de sus producciones, decidir la forma en que han de ser divulgadas e incluso modificarlas o retirarlas del comercio cuando el contenido ha dejado de coincidir con sus convicciones personales.

 

Por consiguiente, la publicación dentro de los weblogs de textos, imágenes o fragmentos audiovisuales tiene un límite claro: la sujeción a las leyes propiedad intelectual vigentes. Sin embargo, Internet tiene un funcionamiento lógico que en la práctica no concuerda con estos preceptos jurídicos. Hasta hace poco, si vale hablar de «poco» en un medio tan reciente como lo es Internet, los usuarios no tenían más remedio que renunciar a utilizar material puesto en la Red por otras personas o infringir alguna consigna legal. La inmediatez y facilidad que caracteriza a la Web encuentra una barrera legal que por lo general los usuarios han dirimido saltándosela.

 

Una de las tendencias irrefrenables que emergen en Internet, propiciada por teóricos, intelectuales, juristas y usuarios para diseñar un modelo de intercambio de información y cultura, es la de consentir que otros usuarios, con la facilidad y las comodidades que la tecnología permite, reproduzcan o expongan contenidos ajenos sin vulnerar los derechos de autor de su titular.

 

Es un clamor que ha calado y hecho eco dentro de la blogosfera mundial que toma como suya una filosofía que aún para muchos sectores, especialmente los intermediaries que se valen de la cultura y las ganancias que conlleva su explotación, es un poco más que contestataria y de vanguardia.

 

Cultura de libre disposición

El precedente directo del proyecto Free Culture y del resultado concreto de su desarrollo, Creative Commons, es el movimiento Copyleft promovido por Richard Stallman. Éste consiste en una serie de licencias que autorizan, respecto a un software, usarlo, copiarlo, modificarlo o distribuirlo, convirtiéndolo en un programa informático libre en oposición al llamado «software privativo» o propietario, aquel que restringe a los usuarios cualquier atribución para mejorarlo o redistribuirlo.

 

Lawrence Lessig, fundador y director de Creative Commons, hizo su primer aporte al mundo digital con la publicación de «El código y otras leyes del ciberderecho», un libro acerca de Internet y el funesto impacto que sobre la libertad de expresión y la propiedad intelectual producía la mala interpretación que de las regulaciones vigentes hacían los gobiernos y las grandes corporaciones. A este fenómeno lo denominó «Arquitectura del control». Estos conceptos finalmente devendrían en pilares teóricos para sentar las bases de Free Culture, una profunda reflexión acerca de la propiedad intelectual, con aproximaciones prácticas de cómo las creaciones e innovaciones artísticas, culturales y científicas están siendo trastocadas en favor de la Industria y los grandes medios.

 

Ni copyright ni dominio público

Para Lessig, las regulaciones legales han excedido su ámbito de acción sobre las tecnologías digitales en función a una severa sobreprotección a las formas de negocio que de ellas se puedan derivar, menoscabando, en el mejor de los casos, el estatus de quienes comparten o acceden a la información de manera alternativa a la normatividad impuesta por las leyes de derechos de autor, criminalizándolos o, en el peor de los casos, limitando la creatividad de las personas y la construcción solidaria de la cultura universal. Ni el concepto de copyright ni el de propiedad intelectual son antagónicos al de Free Culture. Lo son, sí, las incondicionales concesiones que en su nombre se hacen a las editoriales, casas discográficas o productoras cinematográficas para resguardar, de forma estrecha y bajo términos de tiempo cada vez más prolongados, producciones intelectuales que bien podrían servir como acervo cultural para que otras personas puedan, sin infringir los derechos de autor, crear o derivar nuevas obras.

 

Algunos derechos reservados

El modelo legal existente no era lo suficientemente flexible para que fueran los propios autores quienes aprobaran o denegaran a otras personas facultades explícitas para utilizar o modificar su obra. Estas barreras entorpecían el libre acceso y distribución de la información.

 

Para eso, Lawrence Lessig formuló una serie de preceptos ideológicos no tan rígidos como para no distinguirlos del régimen de propiedad intelectual vigente, ni tan condescendientes como para dejar a la deriva las prerrogativas que cualquier autor tiene sobre sus creaciones.

 

Creative Commons es una iniciativa privada y sin ánimo de lucro que ha transformado, no sin tropiezos legales y culturales, los paradigmas que hasta hace unos años predominaban al menos en el campo de los derechos digitales, viciados, sobretodo, por tendencies restrictivas incluso para los propios creadores del contenido protegido.

 

Es así como, a través de un conjunto de licencias, los autores pueden otorgar voluntariamente a otras personas la facultad de utilizar, copiar, distribuir, exhibir o modificar su obra supeditados a una serie taxativa de condiciones. Por supuesto, el mejor escaparate para extender el uso de las licencias Creative Commons ha sido Internet, y muy especialmente la mayoría de los bloggers, quienes, casi con militancia, han consagrado que el contenido de sus bitácoras pueda ser utilizado por otras personas conforme a la licencia a la que pertenezca.

 

Desde sus weblogs han ayudado a construir un ambiente de reflexión y discusión propicio para que de la mano del resto de personas y entidades que deban participar dentro del proceso, las licencias se adapten a las legislaciones de los países que hasta ahora las han acogido.

 

Creative Commons en España

Son varios los países que ya han adaptado el uso de las licencias Creative Commons a sus respectivas legislaciones y muchos otros los que están en ese proceso. Sin embargo, requiere tiempo, coordinación de una agenda establecida y disposición de varios agentes, entre creadores, representantes de la industria privada, artistas, opinión pública, intelectuales y los mismos responsables de la adaptación, para estimular una discusión pública y común en donde se pueda discernir, punto por punto, si son realmente tan beneficiosas y necesarias.

 

En octubre de 2004, cientos de usuarios de Internet hispanos celebraban la traducción y adaptación de las licencias Creative Commons al régimen español de Derechos de Autor, un proyecto coordinado por Ignasi Labastida, físico y académico de la Universidad de Barcelona. Antes, la mayoría de usuarios españoles adaptaban sus obras a un modelo internacional de licenciamiento ajustado a la idiosincrasia jurídica norteamericana, diferente en muchos aspectos a la de España.

 

Las licencias Creative Commons vigentes en España varían según las cuatro condiciones en que el autor quiera compartir su obra:

 

Reconocimiento (Attribution)

El material creado por un artista que puede ser distribuido, copiado y exhibido por terceras personas si se muestra en los créditos.

 

No Comercial (Non Commercial)

El material original y los trabajos derivados pueden ser distribuidos, copiados y exhibidos mientras su uso no sea comercial.

 

Sin Obra Derivada (No Derivate Works)

El material creado por un artista puede ser distribuido, copiado y exhibido pero no se puede utilizar para crear un trabajo derivado del original.

 

Compartir Igual (Share Alike)

El material creado por un artista puede ser modificado y distribuido pero bajo la misma licencia que el material original.

 

En ninguna de las combinaciones que puedan hacerse teniendo como base estas condiciones, los autores trasladan la autoría de sus producciones, tan sólo autorizan a otras personas, mediante una serie de otorgamientos expresos, a utilizarlas según las facultades o limitantes estipuladas. Los modelos de licencias adaptados a la legislación española dependen entonces de las seis variantes lógicas con que se interpreten las condiciones de licenciamiento.

 

Creative Commons 2.5 España

Reconocimiento

El material creado por un artista puede ser distribuido, copiado y exhibido por terceros si se muestra en los créditos.

 

Reconocimiento + Sin obra derivada

El material creado por un artista puede ser distribuido, copiado y exhibido por terceros si se muestra en los créditos. No se pueden realizar obras derivadas.

 

Reconocimiento + Sin obra derivada +No comercial

El material creado por un artista puede ser distribuido, copiado y exhibido por terceros si se muestra en los créditos. No se puede obtener ningún beneficio comercial. No se pueden realizar obras derivadas.

 

Reconocimiento + No comercial

El material creado por un artista puede ser distribuido, copiado y exhibido por terceros si se muestra en los créditos. No se puede obtener ningún beneficio comercial.

 

Reconocimiento + No comercial + Compartir igual

El material creado por un artista puede ser distribuido, copiado y exhibido por terceros si se muestra en los créditos. No se puede obtener ningún beneficio comercial y las obras derivadas tienen que estar bajo los mismos términos de licencia que el trabajo original.

 

Reconocimiento + Compartir igual

El material creado por un artista puede ser distribuido, copiado y exhibido por terceros si se muestra en los créditos. Las obras derivadas tienen que estar bajo los mismos términos de licencia que el trabajo original.

 

http://creativecommons.org/worldwide/es

 

Colores de autor

Uno de los aportes privados que ha hecho la comunidad española en asuntos de propiedad intelectual es Colorius, un proyecto encaminado a ofrecer una serie de licencias alternas a las diseñadas por Creative Commons. Los creadores de la iniciativa, la firma Canut y Grávalos, desarrollaron en principio el modelo de derechos para el Mercado de autor anglosajón, muy arraigado en las costumbres legales de Estados Unidos, pero distinto diametralmente al que funciona dentro del régimen jurídico continental, y especialmente español, que cuenta con una regulación de la propiedad intellectual mucho más reglamentada y en donde prevalecen los derechos morales del autor.

 

Las licencias, que están en fase beta y funcionan para contenidos literarios, musicales, audiovisuales y fotográficos puestos a disposición de los usuarios a través de Internet, tienen vigencia en varios países distintos a España. Es una iniciativa a la que vale la pena seguirle el rastro y ver como la comunidad bloguera asimila su propuesta.

 

www.coloriuris.net