Todas tus aplicaciones en la Red

Tenía ganas de escribir este artículo. O, más que de escribirlo, de hacer lo que hay que hacer para poder escribirlo: convertirme en protagonista de un experimento consistente en intentar vivir durante quince días sin utilizar ningún programa cargado en el disco duro. La «apuesta» era arriesgada, pero ha merecido la pena

Todas tus aplicaciones en la Red

26 marzo 2008

Básicamente, dicho experimento ha consistido en intentar trasladar toda la actividad de una persona a la Red. Cuanto menos, toda la actividad que fuese posible trasladar de una manera razonable: correo electrónico, redacción de documentos, hojas de cálculo, agenda... lo que una persona suele necesitar en su vida personal y profesional.
El objetivo era comprobar, en primer lugar, si el nivel de desarrollo de la tecnología lo aguantaba, es decir, si el escenario está ya suficientemente preparado como para recrear ese «the network is the computer» que en su momento dijo Scott McNealy (fundador de Sun Microsystems) en 1996.
¿Puede una persona, aplicando un nivel de esfuerzo razonable y de usuario, trasladar de una manera cómoda y operativa sus actividades y sus archivos a la red, y su interacción con el mundo a un programa prácticamente único llamado navegador? ¿Conviene hacerlo? ¿Qué ventajas e inconvenientes plantea un modelo de este tipo?
La propuesta de valor de la Red es a estas alturas ya conocida por todos. En el mundo actual, existe un número creciente de profesionales que se encuentran en situación de combinar, de manera habitual, varios dispositivos: un ordenador de sobremesa en el trabajo, uno en casa, un portátil cuando viajan o dispositivos móviles de todo tipo como agendas electrónicas, teléfonos móviles o su híbrido, el llamado smartphone.
El paradigma original «una persona, una máquina» se ha alterado y la situación comienza a plantear tensiones. Haz memoria y piensa cuándo fue la última vez que necesitaste un archivo o información determinados y no lo tenías en el dispositivo que te acompañaba en ese momento. Una carta, una hoja de cálculo, una presentación que se quieren editar o retocar desde casa cuando fueron originalmente desarrolladas en el trabajo, o viceversa.
O cuando una versión que se ha enviado a varias personas de un grupo de trabajo y evoluciona de manera diferente en las manos de cada uno, para posteriormente convertir el trabajo de llegar a una versión única en un auténtico reto del consenso y la negociación. O ese mensaje de correo electrónico contestado desde otro equipo o desde un BlackBerry y al que se necesita acceder para saber qué se contestó exactamente, cuándo o, simplemente, si se contestó o no.
Al final, acabamos convertidos en muchos casos en esclavos de un portátil, del que no conseguimos alejarnos, soportando actividades en casa, trabajo y hoteles para evitar el molesto trámite de tener que enviarnos correo a nosotros mismos con archivos adjuntos. Por épocas, de hecho, el volumen de correo «de mí a mí mismo» ha sido tan elevado en mi caso que un psiquiatra poco concienzudo que me examinase habría seguramente concluido que el mío era un cuadro de esquizofrenia aguda con personalidades múltiples que hablaban entre sí.
Pero éste ni siquiera es el más común de los casos: en otros, se entra en el conocido «síndrome del CD volador» o, más modernamente, del disco USB que uno lleva consigo en un bolsillo hasta que invariablemente se llena o, peor aún, hasta que se lo deja olvidado en la unidad lectora o la parte de atrás del ordenador de turno. En algunos ordenadores de aulas de trabajo, business centers de hoteles, cibercafés, etc., el método de trabajo se ha convertido en un auténtico ejercicio de promiscuidad tecnológica digno de los mejores tiempos de Sodoma y Gomorra; menos mal que las máquinas suelen, en general, ser poco escrupulosas al respecto.
Perfil del candidato virtual
Mi caso, decididamente, parecía adecuado para hacer la prueba: persona que trabaja de manera constante y continua desde su despacho, su casa, un hotel o un dispositivo móvil, metido en un continuo trasvase de ficheros y versiones a los que necesita acceder desde todas partes, que se envían para ser modificados por otras personas en sucesivas iteraciones.
Un conjunto de colaboradores habituales con los que se comunica por correo electrónico, mensajería instantánea, teléfono, voz sobre IP o en persona y con quienes necesita intercambiar información en diferentes estadios de maduración, de interacción. Y un conjunto de máquinas de uso habitual que incluyen varios ordenadores de sobremesa con Windows XP en casa y trabajo, un portátil con Ubuntu 5.10 Breezy Badger, un Tablet PC con Windows Tablet Edition y un Mac Mini. Pero entremos en análisis y veamos cómo funcionó la cuestión.
Condicionamientos del escenario
Se optó por un extremo del posible espectro: programas que no precisan instalación, que residen completamente en la Red y que se utilizan a través del llamado thin client («cliente fino, ligero»), en este caso un navegador. Se evitó incluir en el análisis, por tanto, aquellos programas que exigen la descarga de un módulo ejecutable en el ordenador, o thick client («cliente duro, pesado»), completado luego con una serie de prestaciones en la Red.
Esto descartó programas potencialmente interesantes como ThinkFree, aunque los acontecimientos acaecidos durante el periodo de análisis (anuncio del próximo desarrollo de OpenOffice como aplicación de thick client por parte de Google y primeras informaciones acerca del Office Live de Microsoft) pueden hacer que una próxima experiencia con este tipo de aplicaciones resulte interesante. Como navegador sobre el cual trabajar se escogió Firefox, que durante el periodo de pruebas se actualizó en varias ocasiones hasta la versión 1.5 Beta 2 RC.
Así que de la noche a la mañana, me encontré llevándome mi vida a la Web. Se admitía, por hacerlo operativo, la posibilidad de llevarme a la Red archivos que «en mi vida anterior» hubiese desarrollado en «modo clásico», por una cuestión de pura operatividad. Las tareas a ser desarrolladas incluían:
Correo electrónico: Gmail (http://mail.google.com), el famoso cliente de correo electrónico de Google. Otras opciones posibles, como el correo on-line de Yahoo! o Microsoft fueron consideradas, pero dado que la intención del artículo no era hacer una comparativa y el nivel de servicio proporcionado por Gmail era elevado, se optó de manera subjetiva y por pura inercia por ella.
Proceso de textos: Writely (http://writely.com).
Hoja de cálculo: Num Sum (http:// numsum. com).
Presentaciones: tras algunos intentos, no se optó por ningún programa en concreto. Por metodología de trabajo, dada la intensidad del desarrollo de tareas en este ámbito y por la elevada complejidad de las mismas, se optó por dejar este aspecto relegado a un posible análisis posterior.
Lectura de noticias: Bloglines (www. bloglines.com).
Gestión de favoritos: Del.icio.us (www.de.icio.us).
Gestión de fotos e información gráfica: Flickr (www.flickr.com).
Gestión de agenda y contactos: Plaxo (www.plaxo.com). Aunque no se trata de una aplicación completamente on-line, se decidió utilizar Outlook únicamente para la importación inicial de datos y prescindir de él posteriormente. Se intentó el uso de Kiko (www.kiko.com) en repetidas ocasiones, pero la aplicación se negó completamente a dejarme ni tan siquiera abrir una cuenta.
Wait Mr. Postman
La primera sensación que surge es la de cierta familiaridad. Algunas de las tareas ya las había llevado, de hecho, al mundo on-line anteriormente. El correo electrónico, por ejemplo, era para mí una especie de «repositorio de seguridad»: todo el resto de mis cuentas de correo electrónico se encuentran redirigidas a Gmail, de manera que ello me permite encontrar cualquier correo que alguien me haya enviado desde cualquier sitio.
Sin embargo, no solía utilizar Gmail como editor de correo, lo que obstaculizaba mis posibilidades de acceder a correos enviados por mí a otras personas. En ese sentido, disciplinarme a utilizar Gmail como emisor de correo electrónico fue una sensación francamente agradable. Realmente, conocerlo es amarlo.
La interfaz es rapidísima, las prestaciones de edición (formatos, atajos de teclas, etc.) son comodísimas, la búsqueda es lógicamente buena, el espacio ilimitado, la libreta de direcciones se construye sola. Y, muy importante, los filtros anti-spam y el desarrollo de reglas de bandeja de entrada resultan enormemente eficaces.
Basta empezar a utilizar Gmail para encontrarse cómo los correos empiezan a «auto-organizarse»: al cabo de unos días de uso intenso, los «emilios» de mis alumnos se archivaban de manera automática en las carpetas del curso correspondiente, las newsletters y listas de correo se iban solas a ese lánguido rincón que cada vez tengo menos tiempo para consultar, y el correo no deseado dejaba de aparecer con sólo ir pulsando el botón Report spam cada vez que alguno osaba asomarse por allí.
En este sentido, y dado que la mayoría de mi correo seguía procediendo de mis otras cuentas, la cantidad de spam recibida era notablemente alta y, sin embargo, las molestias muy escasas. Bastaba con indicar a Gmail que el correo recibido era spam, para que automáticamente lo enviase a la carpeta correspondiente y no se volviese a recibir, salvo escasas excepciones, mensajes similares.
Las Viagra Soft Tabs, los penis enlargement patches, los Rolex replica watches y las dear homeowner mortgage applications desaparecieron de mi vida como por arte de magia, a cambio de un ratio de falsos positivos (correos legítimos enviados por error «a las mazmorras») sumamente bajo (tres casos a lo largo de los quince días de pruebas).
Sin embargo, el abandono de Outlook tuvo como consecuencia que uno de los lugares a donde habitualmente acudía a leer un correo, la pantalla de mi PDA, perdiese su utilidad. En ese sentido, es preciso reseñar que Microsoft tiene ya un cierto camino recorrido. Desde la PDA se puede acceder a Gmail y manejarlo de manera razonablemente cómoda, pero obviamente sólo en un lugar con conexión inalámbrica.
La posibilidad de leer en modo off-line, por tanto, desaparece, como por otro lado era de esperar dadas las características del experimento. Si bien en mi caso el tema no resultó relevante (paso en torno al 90% de mi tiempo en entornos provistos de conectividad WiFi, sea mi casa, mi trabajo o un hotel), es de reseñar que en ese sentido mi situación dista seguramente bastante de ser representativa, y que un acceso off-line al correo puede tener su punto de conveniencia en múltiples situaciones.
Es preciso advertir, no obstante, que durante el período de desarrollo de la prueba, se descubrió un agujero de seguridad en Gmail que permitía el acceso no autorizado a cuentas de correo electrónico de cualquier usuario, lo cual no deja de ser un elemento poco tranquilizador, pero posiblemente poco diferencial: todo sistema es hackeable hasta que se demuestre lo contrario, con probabilidades tanto mayores en función del beneficio obtenido al hacerlo.
Dos prestaciones resultaron interesantes: una, la posibilidad de envío de correos desde cualquier dirección no Gmail, lo que puede resultar interesante a efectos de representatividad, y la impresionantemente buena gestión de borradores; incluso aunque el navegador reviente y se encuentre uno de golpe «compuesto y sin ventana ni perrito que le ladre», basta volver a entrar en Gmail para encontrarse el correo electrónico a salvo en la correspondiente carpeta Drafts, lo que proporciona una gran seguridad.
Escrito en el aire
Writely era, en mi caso, uno de los retos a desarrollar. Gran parte de mi trabajo tiene lugar en procesadores de textos: entrega de artículos, lectura de ejercicios de alumnos, redacción de documentos con colaboradores... En este sentido, la sensación obtenida al trasladar toda mi actividad a Writely fue sumamente interesante.
Y es que, de entrada, la cosa acongoja. Pensar en trabajar durante quince días en el desarrollo de un artículo largo para que éste esté alojado en algún remoto servidor en el medio de California, de donde aparentemente podría desaparecer en cualquier momento, es algo que produce su cierta inquietud.
Pero si uno piensa, por otro lado, que la seguridad con la que una empresa que se dedica a eso mantiene y da servicio a sus servidores es casi siempre mayor que los protocolos que uno suele mantener en su propia empresa (y siempre mejor que aquellos de los que dispone en su casa), la sensación mejora algo, aunque persiste una ligera desazón de «no creo en las meigas, pero haberlas, haylas», que puede perfectamente provenir del origen gallego del autor del experimento.
Así pues, la nota obtenida por el procesador on-line fue sumamente alta. Si bien no se trata de una herramienta sofisticada (las bullets, por ejemplo, son sólo de un tipo), el manejo es algo completamente al alcance de cualquier usuario, y algunas prestaciones, como la publicación de documentos en forma de entrada en un blog o página web, o la compartición de archivos entre usuarios, resultan sencillamente brillantes.
La importación de documentos desde otros formatos tampoco da ni un ruido. Así, me encontré de repente en una situación en la que una gran cantidad de documentos iban pasando a engrosar mi lista de archivos almacenados en Writely, y si se trataba de proyectos compartidos con otras personas, un simple clic me permitía enviarle un correo con un vínculo al archivo y que empezase automáticamente a modificarlo. Una verdadera sensación de «el futuro ya está aquí» en cuanto al trabajo en equipo (groupware).
La sensación de trasladar la tarea de escritura de textos a un lugar como un navegador resulta, cuando menos, curiosa. Sin embargo, el desarrollo sobre interfaz AJAX, su velocidad, sencillez y, sobre todo, las facilidades que proporciona para el trabajo en grupo hacen que, con todo lo personal que tienen este tipo de apreciaciones, considere a Writely una opción que claramente ha superado el test de tortura.
No sólo no he perdido ningún documento en este tiempo, sino que ahora puedo acceder a ellos desde cualquier sitio, con orden, rapidez, palabras clave (tags), etc. y no sólo yo, sino cualquiera que colabore conmigo con sólo proporcionar a Writely su dirección de correo.
Números primos
La hoja de cálculo Num Sum no fue, en cambio, una buena elección. Si bien durante el período de pruebas no se requirió una intensidad excesiva en el uso de este tipo de herramientas, Num Sum suspendió claramente en cuanto a usabilidad (muy poco intuitiva en su interfaz), capacidad de importación desde otras herramientas (nula), imposibilidad de copiar y pegar, de señalar rangos con el ratón, o simplemente de aplicar formatos.
Una simple suma se convierte en una tarea dificilísima para el profano en el uso de Num Sum, y el desarrollo de una hoja de cálculo de cierta complejidad se convierte en un mal chiste. En el estado actual, la aplicación es un simple juguete en absoluto digno de atención, y supone un hueco en el análisis. Si tu trabajo posee un componente importante desarrollado mediante tablas y hojas de cálculo, al mundo puramente on-line aún le queda para ofrecerte una herramienta razonablemente interesante, y ésta, decididamente, no lo es.
Noticias a la carta
El lector de noticias tiene, en general, poco que reseñar. La lectura de noticias es una de mis tareas habituales, pero mi amor por Bloglines ya provenía de mucho antes de la realización de este experimento, y su incorporación al mismo únicamente hace justicia el hecho de que, debido a Bloglines, desarrollo una parte muy importante de mi actividad en la Web.
La aplicación me da no sólo un lugar en Internet donde mis noticias permanecen a la espera de su consulta desde cualquier dispositivo, sino que me ofrece además un repositorio de aquellas noticias que he querido almacenar (hasta con mis propias anotaciones), me permite enviarlas por e-mail (un auténtico vicio) a colaboradores y amigos, me ofrece una versión ligera para plataformas móviles, y se convierte, prácticamente, en mi única interfaz con blogs, periódicos y revistas.
La sensación de «espera que te enseño… hmmm… ¿dónde leí yo aquello?», para automáticamente acceder a Bloglines y encontrarlo resulta sumamente gratificante, como lo es el poder volver atrás en el tiempo y poder ver qué leyó uno hace equis meses y cómo lo anotó. Francamente, no he encontrado aún ninguna aplicación que me dé tanto, me enamore tanto y ocupe un lugar tan central en mi vida como Bloglines.
Mis delicatessens
La gestión de favoritos en del.icio.us era también algo que llevaba tiempo haciendo, y en donde carece completamente de sentido volver atrás. El menú de Favoritos del navegador, de hecho, empieza a tener muy poco sentido para mí: únicamente lo uso para abrir una ventana de navegador en la que se desplieguen muchas pestañas a la vez de las aplicaciones que suelen mantenerse abiertas en los ordenadores que manejo.
La tarea de llegar a un ordenador, abrir Firefox y pulsar la carpeta Sesión es algo completamente rutinario que hago casi en piloto automático. La carpeta Sesión en el menú de Favoritos contiene mi Bloglines, las estadísticas de mis páginas en StatCounter, mi blog, la herramienta de publicación (Blogger), mi gestor de comentarios (Haloscan), mi agenda (Plaxo), mi red social (eConozco) y mi correo electrónico.
Salvo eso, el uso que le doy a mi menú Favoritos, donde antes guardaba «los secretos de los sabios judíos de Ámsterdam», es verdaderamente escaso. Los sitios a los que quiero volver, pasan automáticamente a del.icio.us, donde los categorizo adecuadamente con sus tags, los comparto con el mundo y los puedo encontrar desde cualquier ordenador.
Del.icio.us se convierte también en un buscador de fuentes de información sobre temas concretos, gracias a la posibilidad de navegarlo en función de sus tags, algo que se ha convertido en un buscador a veces más eficiente para hallar lo relevante que los propios buscadores convencionales. Integrado en la barra de mi navegador en forma de dos botones, My del.icio.us y Post to del.icio.us, la herramienta se ha convertido en mi auténtica «casa on-line», en una herramienta indispensable para guardar, acceder y compartir información.
Di pa-ta-ta
Otro programa que merece entrar en el «Hall of Fame» por derecho propio es Flickr, el gestor social de fotografías e información gráfica. Su potencia, la intuitividad y facilidad de manejo de su interfaz y la capacidad de integración con herramientas de blogging lo convierten en ese álbum donde los usuarios almacenan todo tipo de fotografías, categorizadas para su acceso entre públicas, para amigos o para familia.
Realmente, uno siente que el lugar lógico para una fotografía ya no es el disco duro, sino la Red. Flickr es un servicio absolutamente «infectivo»: al poco tiempo de uso, había actualizado mi cuenta desde gratuita (límite de 10 Mbytes mensuales) hasta de pago (ilimitada, por 24,95 dólares al año), y había dado de alta a toda mi familia para que pudiesen ver las fotos de las vacaciones, los viajes y los retratos de todo tipo.
Gestor social
El último capítulo corresponde a una aplicación con la que mantengo una relación de amor-odio desde hace bastante tiempo: Plaxo. No pensaba introducirla en el análisis, y apareció por la necesidad de un servicio de gestión de agenda y contactos (los contactos los gestiono en gran medida también con eConozco) cuando no fui capaz de ninguna manera de darme de alta en Kiko.
Plaxo fue, hace bastante tiempo, un programa que llamó mi atención por ser uno de los primeros que proponía la gestión remota de contactos, y fue ampliando su oferta hacia temas como la agenda, las tareas, etc. De manera sorpresiva, me encontré hace cierto tiempo con que mi Outlook compartía toda su información con Plaxo de manera automática y que, por tanto, contaba con una agenda en tiempo real en la Web que yo, en realidad, no había construido, con lo cual lo único que hice para esta prueba fue disciplinarme un poco para cerrar el Outlook y utilizar Plaxo en su lugar. Y en este sentido, la prueba ha resultado regular.
Plaxo es un servicio de fácil manejo, de interfaz manifiestamente mejorable si se le incorporasen temas como AJAX tan en boga últimamente, y que resulta efectivamente muy útil (y un tanto intrusivo) como complemento del Outlook. Como aplicación única, resulta lenta en su manejo y carece, al menos en su versión básica, de la capacidad de sincronizarse con PDA o smartphones.
Al utilizarlo, me encontré con que perdía de golpe la posibilidad de consultar mi agenda en momentos en los que no tenía acceso a una conexión y a un ordenador, lo cual dista mucho de ser óptimo. La típica llamada que te hace mirar la agenda para quedar con alguien, pierde todo su sentido. Sin embargo, veo este contratiempo como algo perfectamente pasajero y que entronca con el verdadero sentido de este análisis: cuanto mayor profusión hay de gadgets o comunicadores de bolsillo que nos mantienen en contacto con la Red en todo momento, más lógica cobran este tipo de aplicaciones.
La prestación social está muy conseguida; obtener la dirección de un Plaxo member resulta fácil y sencillo, y además te da sorpresas como meter en la agenda un nombre con un móvil o correo electrónico que te acaban de dar y que, inmediatamente, aparezca toda la ficha cubierta por la propia persona que ha autorizado a ello. Pero la agenda resulta manifiestamente mejorable, particularmente en cuanto a los tiempos de carga.
Recapitulando
Como resultado final del experimento, he desarrollado una serie de lugares de los que sin duda ya no voy a salir. En algunos de ellos ya estaba, otros los he sometido a tortura y han sido capaces de superar el experimento, mientras que otros, simplemente, no han estado a la altura. ¿Recomendable? Plenamente. Si algo veo muy claro, es que el futuro está en vivir en la Red.
Correo en el BlackBerry
Mi otro dispositivo móvil, el BlackBerry, superó por su parte completamente la prueba del correo ubicuo. Crear un acceso POP3 desde Gmail para recuperarlo con el BlackBerry a partir de ese momento resultó cosa de tres clics y, aunque su funcionamiento no fue completamente consistente (dejaba de funcionar de vez en cuando y era preciso desactivar y volver a activar el acceso para que «volviese a la vida»), sí resultó muy útil.
Al enviar correo desde BlackBerry (o, a tal efecto, desde cualquier otro dispositivo móvil), una regla hacía que el correo enviado fuese también copiado a la propia cuenta, donde un filtro lo situaba automáticamente en la carpeta Sent mail. A todos los efectos, Gmail y la gestión del correo en modo completamente on-line superaron la prueba y me dieron una sensación de «orden y control» de mis comunicaciones completamente recomendable para cualquiera que pase mucho tiempo fuera de casa o la oficina.
¿Qué pasa con mi SO?
Una evidente reflexión nos lleva al papel del sistema operativo en un mundo en el que las aplicaciones van, lentamente, trasladándose a la Red. Básicamente, lo que he pasado a pedirle a un sistema operativo es que sea rápido, que gestione bien la memoria y, sobre todo, que sea sólido y estable. En mi caso, la sobriedad y estabilidad a prueba de bomba de Ubuntu 5.10 ha ido ganando «cuota de pantalla» a costa de un Windows XP que es preciso reinstalar cada cierto tiempo para evitar que sus prestaciones se deterioren enormemente.
Los cuatro escritorios virtuales de Ubuntu conmutables con un solo clic son también una ventaja a la hora de plantearse un escenario en el que se mantienen abiertas múltiples ventanas de navegador, evitando una sensación de «agobio» en la barra de herramientas. Veremos cómo encaja Microsoft, conocida por hacer su sistema operativo más y más pesado con el tiempo, un escenario como éste.
Primeras reflexiones
Las conclusiones son muchas y muy jugosas, a pesar del hecho de no haber podido cerrar el experimento con temas como las presentaciones. Un período de inusitada actividad en conferencias, clases y seminarios, y el hecho de que mis presentaciones habituales tienden a ser ya de por sí pesadas, complejas en cuanto a formatos, integración de vídeo y efectos de todo tipo, hicieron que no fuese posible extender a esa función el experimento.
Por otro lado éstas son de una utilidad todavía discutible: muchos los lugares en los que se desarrollan las presentaciones carecen o de una conexión o de una lo suficientemente rápida y confiable como para dejar el archivo en manos de la Red. Y ese mismo tema es la conclusión principal que, al menos en mi particular interpretación, surge del experimento: la verdadera revolución de las aplicaciones on-line vendrá en un mundo, para el que queda en realidad muy poco, en el que estemos conectados de manera permanente y plana desde prácticamente cualquier lugar.
Mientras tanto, trasladar determinadas actividades, como el correo electrónico, la lectura y almacenamiento de noticias, las fotos o incluso el proceso de textos pueden tener bastante sentido, pero el escenario no se encuentra aún completamente maduro para una mudanza integral. Como demostración, la apuesta por plataformas de servicios en línea asentadas sobre thick client de Microsoft (Office Live) y Google (sobre desarrollos hechos en OpenOffice), o iniciativas como ThinkFree, con un download de 80 Mbytes.