El futuro ya no es lo que era

La novelista británica Agatha Christie comentó una vez que, cuando era joven, jamás esperó ser «tan pobre que no pudiera tener criados, ni tan rica que pudiera tener su propio automóvil». Esta cándida confesión refleja perfectamente los problemas de la futurología

Javier Candeira

El futuro ya no es lo que era

12 abril 2010

Esta y otras fantasías (los sirvientes robóticos, la comida en píldoras…) formaban parte del imaginario popular durante la Era Espacial y la Guerra Fría. Las historias de carros voladores son tan antiguas como la del profeta Elías en la Biblia, y nuestro Quijote creyó volar a lomos de un caballo mágico, pero solo los criados en el optimismo consumista y tecnológico de la segunda mitad del siglo XX hemos sido tan ilusos de pensar que jamás despertaríamos del sueño lúcido de la abundancia y el crecimiento continuos.

Es otro novelista británico, Charles Stross, quien ha revivido el comentario de la señorita Christie, contraponiéndolo al suyo propio. Stross nunca pensó que fuera a ser tan pobre como para no poder permitirse una casa de cuatro dormitorios, ni tan rico para tener su propio ordenador. Yo mismo nunca pensé que fuera a ser demasiado pobre para comprar muebles de madera de verdad, ni tan rico que pudiera pasar el día entero hablando por teléfono con el otro lado del mundo.

La aceleración tecnológica tras la Segunda Guerra Mundial ha traído con ella un cambio social tan rápido que la mayor parte de nosotros veremos más de una revolución en nuestras vidas, y más de dos y tres. El cambio es tan rápido que hay incluso una profesión, la de «futurista», que se encarga del pronóstico de tendencias sociales: las corporaciones y think-tanks como RAND o el Stanford Research Institute se han nutrido siempre de visionarios como Buckminster Fuller o Alvin Toffler, autor de los best-sellers La tercera ola y El shock del futuro.

El investigador informático Alan Kay es otro tipo de futurólogo, uno que no se contenta con hacer predicciones o evaluar distintos escenarios sociales. En su trabajo en el PARC de Xerox en los años 70, Kay desarrolló muchos de los conceptos que hoy son ubicuos: la programación orientada a objetos (a la que bautizó), la interfaz gráfica de usuario, la computación en red, los portátiles y libros electrónicos... No en vano su lema es «la mejor forma de predecir el futuro es inventarlo».

En tecnología, Alan Kay tiene razón, pero no en lo social. Los cacharros se inventan, pero las sociedades evolucionan por sí solas; regla que tiene un corolario en el famoso dicho «los problemas sociales no tienen soluciones tecnológicas». No porque la tecnología no afecte a la sociedad, sino porque sus efectos no son deterministas ni predecibles a largo plazo.

A estas alturas, si algo se puede predecir, es la propia impredecibilidad de los efectos sociales de la tecnología. Como dice el futurista Jim Dator, «cualquier idea útil sobre el futuro debería parecer ridícula». Tan ridícula como que una señorita inglesa de buena familia no pueda permitirse criados, pero sí un automóvil. Tan ridícula como que ciudadanos de clase media no puedan permitirse casas de cuatro habitaciones ni muebles de madera auténtica, pero sí computadoras e Internet.

Javier Candeira ([email protected])

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