Ni solo ni acompañado

Trabajar desde casa tiene muchas ventajas: horarios flexibles, puede uno hacer tareas domésticas en paralelo (poner la lavadora, el cocido), se viste uno como quiere, incluso con el traje con el que vino al mundo... pero también tiene sus desventajas

Javier Candeira

Ni solo ni acompañado

23 julio 2010

El hogar es lugar de distracciones múltiples, empezando por la familia y terminando por la consola de videojuegos. Pero el principal inconveniente de currar desde casa es la soledad, que puede llevar al teletrabajador al abandono. Se empieza por no afeitarse, se sigue por currar un día de cada dos y se acaba tan loco como el personaje de la película de Chaplin La quimera del oro, que ve entrar a un compañero en la cabaña y se cree que es un pollo. Asado.

Este problema de pioneros en lugares remotos tiene un nombre en inglés: «cabin fever» o fiebre de la cabaña. La solución es algo que también tiene nombre en inglés: lo llaman coworking, algo así como «cotrabajo». Consiste en que esos trabajadores remotos hartos del eco moral que produce la propia compañía se reúnen en sitios públicos (bibliotecas, cafés...) o privados (oficinas alquiladas) para huir de la soledad. ¡Por supuesto! ¡Salir de casa! ¡Juntarse con otra gente! ¿Cómo no se nos habría ocurrido antes?

El concepto de coworking abarca todo tipo de relaciones entre las personas que comparten estos espacios. La relación más tenue es la que se entabla en las bibliotecas y cafeterías con conexión a Internet, que conforman eso que los sociólogos llaman «el tercer lugar». Las normas básicas de convivencia y el decoro público hacen milagros a la hora de forzar la concentración, pero mi teoría es que lo que funciona en estos casos es el instinto de manada: hacemos lo que hacen nuestros compañeros, en este caso, ya que uno está entregado a mirar a su pantalla (no a las ajenas) y teclear con interés, pues más le vale la pena trabajar.

En todo el mundo han empezado a surgir oficinas donde se alquilan mesas por año, por mes e incluso por día. Garage30 es una red de este tipo de «hoteles para autónomos» con base en Madrid que ofrece un espacio de trabajo por 1.600 euros al año. Ellos lo llaman «el precio de un ordenador», otros pueden verlo como 130 euros al mes o 6 euros por día laborable.

Otros espacios compartidos son gratis. Algunas empresas aceptan visitantes en las mesas vacantes de su oficina. En Melbourne, la ciudad en la que vivo, hay reuniones semanales de un grupo llamado Jelly!, y también un espacio de coworking diario en Inspire9. El modelo de co-trabajo de Inspire9 es algo especial. La empresa tiene una oficina para sus trabajadores, pero estos prefieren trabajar desde casa. Así que los responsables han decidido compartir el espacio para tener compañía... ¡en su propia oficina! Y es gratis. Los que vamos a trabajar pagamos nuestro «alquiler» en forma de ronda de cafés o bollos.

Por último, por supuesto, siempre puede uno juntarse con cuatro o diez amigos, alquilar una oficina a pachas y seguir trabajando cada uno en sus cosas. Este modelo se parece a una «empresa sin empresa», donde el grupo funciona como una federación de autónomos que comparten los gastos, enfocando la mayor parte de trabajos de manera individual, pero agrupándose como colectivo para proyectos ocasionales. Éste es el caso del famoso The Writer’s Grotto, espacio de San Francisco para escritores, cineastas y otros artistas narrativos, o del colectivo barcelonés ZZZINC, que también realiza actividades públicas como conferencias y proyecciones, convirtiendo su oficina en un lugar social.

Por supuesto, también puede pasar que la oficina compartida resulte demasiado ruidosa, y uno tenga problemas para concentrarse. En estos casos, siempre puede uno tomarse un par de días de trabajo en casa, ya se sabe, para sacar la faena adelante.

Javier Candeira